lunes, 3 de junio de 2013

La importancia de ser castellano


     En tercero de básica me sentaron detrás del holandés. Se llamaba Philip, con ph como el champú. Philip Pérez Van der nosecuantos y según decía, era el fruto de que su padre hubiera puesto una pica en Flandes. El padre, aparte de poner picas, era inventor y presumía de haber vendido a la Philips el radio cassette autorreversible. Por su parte, la madre de Philip también era reversible, pues a nuestro infantil parecer, estaba tan buena por delante como por detrás. De ahí que a nadie le extrañara el hecho de que Philip, siguiendo la tradición familiar, tuviera la cabeza reversible. De frente tenía una cara igual al resto de los niños, pero cuando se daba la vuelta tenía otra cara en forma de cicatrices que si te quedabas mirándolas fijamente, semejaban las formas de dos ojos sorprendidos y una boca abierta. Por eso empezamos a llamarle Reverte, Reverte el repetidor reversible. Y yo me pase el curso contemplando su cara b, que era la mala.


El reverso tenebroso de Reverte

     De tanto mirar el reverso tenebroso de Reverte, germinó en mí interior la idea de que también yo tenía dos caras y el temor de que antes o después, brotaría una costura en mi cogote, delatándome ante el mundo. Palpándome, busqué el punto donde nacería mi nuevo rostro, pero lo único que conseguí fue una picazón insoportable en el colodrillo que debido a mi nula capacidad de aguante, empecé a rascarme en medio de la clase, primero con fruición disimulada y a renglón seguido impulsivamente, con ambas manos y movimientos espasmódicos de la cabeza.
      Me mandaron a casa con una nota para mis padres en la que daban a entender que debido a mi falta de higiene, había sido invadido por parásitos poco recomendables y que no volvería a incorporarme al sistema educativo nacional mientras no demostrara fehacientemente estar limpio de polvo y piojos, o lo que es lo mismo, con la cabeza totalmente pelada y reluciente.

      Mi madre intentó matar ella misma a los inexistentes bichos, primero con la zapatilla y después rociándolos con un buen chorro de vinagre de vino blanco. A continuación, sujetándome de una oreja, me arrastró hasta la peluquería. Sólo al llegar a nuestro destino me soltó, dejándome frente al barbero.
—Aféitele la cabeza, que ha saber con quien habrá andado.
   Y tras pagar los servicios por adelantado,...se fue por donde había venido, con la dignidad inmaculada.

      Nada más regresar de la peluquería me dirigí al baño con la intención de verme el cogote en el espejo. Pero por más que forzara la vista no conseguí ver mas allá de mi oreja, de lo que deduje con alivio que al menos todavía no me habían crecido ojos en la nuca.
   Aún así, para evitar obsesionarme, cada cuarto de hora me miraba en el espejo del baño. Yo miraba mi nuca y el espejo devolvía la imagen de mi oreja. A base de perseverar, descubrí que si forzaba la vista el rato suficiente, el reflejo se volvía borroso y podía convertirlo en el canalillo de la madre de Reverte. Y a base de insistir en la perseverancia, perdí el conocimiento.


      Desperté con principio de priapismo y una tortícolis permanente. Con vistas a encubrir cualquier indicio de mi nuevo estado bicéfalo, tracé un elaborado plan consistente en tapar sendas cabezas con un verdugo de lana y hacerme terrorista para no levantar sospechas, como los que veía en la tele, que siempre salían leyendo comunicados con la cara tapada.
      Mi madre, que en ese momento se encontraba preparando unas lentejas con chorizo, recibió la noticia con aparente indiferencia, al menos hasta que insistí en la necesidad de taparme las cabezas para que no se me reconociera mientras practicaba actos criminales. Entonces soltó la cazuela.
—Que actos criminales ni que ocho cuartos— dijo —ya te voy a dar yo terrorismo— y se quitó la zapatilla.
      Intenté huir despavorido y poner los pies en polvorones pero antes incluso de girarme, noté la suela de su zapatilla impactando contra mi recién estrenada carrera criminal, haciendo trastabillar mis principios contra el suelo de la cocina.

      Al día siguiente, pelado y abochornado, intenté convencer a mi madre para no ir al colegio, pero argumentó que si se volvía a descalzar era posible que cojiera una pulmonía y no quise cargar con ese peso sobre mi conciencia ya maltrecha.
      Reverte me salvó del escarnio público. Cuando me dirigía al humillante encuentro de las mofas y burlas de mis compañeros, apareció acompañado de su madre. Ataviada con un mini traje típico holandés, se acercó a mi altura e inclinándose para acariciarme la cabeza dijo:
—Mirra que mono. También tu disfgazas, mi kleintje Kojak.
         ...Y perdí el conocimiento por segunda vez, ...aunque nadie se dio cuenta, presas como estaban del erectomagnetismo desprendido por aquella supermujer.


La mamá reversible de Reverte

     A pesar de tener que sufrir el mote de “el klenyi koyak” y su rima correspondiente durante el resto de curso.

...Yo le daba gracias a Dios por nacer castellano y pedía por Reverte y los otros niños de los países bajos, cuyas madres calzan zapatillas de madera maciza.


     El otro día en el autobus, descubrí con asombro como una chica despampanante no me quitaba el ojo de encima. No había posibilidad de confusión, ya que el vehículo estaba practicamente vacío. Empecé a sentirme incómodo, no es la primera vez que me confunden con un famoso y termino firmando los autografos de otro. Cuando por fín decidí sacarla de su error, el autobus paró y la chica comenzó a andar para atrás, como los cangrejos. Se bajó y continuó su camino de crustaceo, alejandose sin dejar de mirarme. Ella fue la primera. Desde entonces cada vez es más común encontrar viandantes que, al igual que nuestros politicos, caminan por la vida de espaldas a la realidad.

no se olvide