lunes, 8 de febrero de 2016

Como dejar de fumar y perecer en el intento


  He dejado de fumar por asalto facultativo*. Desde entonces me siento raro, no logro concentrarme y no consigo escribir con coherencia. Como en estas condiciones es imposible que de mi esfuerzo salga nada productivo, he acudido a un amigo para que ejerza de cronista y transcriba por mí los acontecimientos. El relato que viene a continuación es el resultado de esta inusitada y excéntrica colaboración.

*  Ver “La deriva Schopenhauer”


Día 1

Sin noticias de Marlboro


02:00 h.

      Despierto sobresaltado, de muy mal humor y con unas ganas locas de fumar un cigarrillo. Voy a la cocina y bebo un vaso de agua.


02:02 h.

     Me pregunto porqué bebo agua si lo que necesito es un cigarro. Obtengo la callada por respuesta. Bebo otro vaso de agua intentando desviar la atención.


02:10 h.

     Se me acaba el agua embotellada, pero no las ganas de fumar. Empiezo a beber agua del grifo


02:25 h.

     Tras haber bebido unos 10.500 cl. de agua, el equivalente a siete botellas de litro y medio, llego a la conclusión empírica de que beber agua, no sólo no quita las ganas de fumar, sino que produce incontinencia urinaria.


02:26 h.

     Corro al aseo con intención de evacuar el exceso de líquido acumulado. Mientras lo hago, me entretengo contando los azulejos de la pared.


02:27 h.

     Evacuo el exceso de líquido. En la pared frontal desde el punto de vista de evacuación en erguido de un varón de la especie humana: 137 azulejos.


02:29 h.

     En la pared lateral izquierda: 340 azulejos. Termino de vaciar la vejiga. Procedo a maniobras de salpicado.


02:30 h.

     Falsa alarma. Continúo el proceso de desalojo de los conductos urinarios. Intento reconducir el chorro a su destino y no a los alrededores como hasta ahora. En la pared derecha cuento 367 azulejos, de los cuales 39 corresponden al alicatado de la bañera.


02:32 h.

     Creo recordar que tengo una cajetilla de Marlboro en un bolsillo de la americana de invierno, salgo en su busca. Termino de evacuar en el trayecto del baño a la habitación, mayormente en mis propias piernas.


02:37 h.

     Resultado del registro a los bolsillos de la americana de invierno: 2 bolígrafos bic cristal negro, un lapicero Col-erase azul, una pequeña libreta para notas, un sugus de piña, varios pañuelos de papel usados, un roto por el que me entran dos dedos. Me como el sugus y vuelvo a guardar lo demás. Puede que el Marlboro esté en la americana de entretiempo.


02:39 h.

     Registro la americana de entretiempo: 2 bolígrafos Bic cristal negro, un lapicero col-erase verde, una libreta de notas, un sugus de fresa, que me como, y un roto por el que me entra toda la mano.


02:41 h.

     Registro la americana de verano con idénticos resultados, salvo por el color del lápiz, el sabor del sugus y el tamaño del roto.


02:53 h.

     Registro todos los bolsillos, bolsos de mano, bandoleras, mochilas y mariconeras de todas las prendas que tengo. Resultado: dos armarios vacíos, un montón de ropa encima de la cama y la boca llena de sugus de distintos sabores, la mayoría con el papel incluido. Conclusión empírica: los sugus dan sed y no aplacan las ganas de fumar.


03:00 h.

     Registro los cajones de la mesilla de noche, mesa de trabajo, taquillón de entrada, aparador, mueble bar, armarios de cocina, cajones de cubiertos, armarios de baño, muebles del salón, etc.


03:10 h.

     Llamo por teléfono a la policía y denuncio que han entrado en casa a robar dejándolo todo hecho un desastre.


03:15 h.

     Llamo por teléfono al trabajo para ver si me pueden dar un par de días de descanso por robo. No contestan.


03:20 h.

     Llamo por teléfono al trabajo para pedir una semana de vacaciones. No contestan.


03:23 h.

     Llamo por teléfono al trabajo para exigir mi mes de vacaciones. Me contesta el servicio de seguridad. A mi pregunta de si es el servicio de seguridad al completo o sólo una parte del mismo, me manda a un sitio poco decoroso y me da cita con el Jefe de personal a las 08:30 horas en el departamento de recursos Humanos, C/ del doctor Sugrañes, s/n, oficina P – despacho 2.


03:30 h.

     Llamo por teléfono a pequeña Penny para que vaya haciendo las maletas. Me dice la hora, me manda a un sitio poco decoroso y cuelga.


03:40 h.

     Se personan en mi domicilio un par de individuos que se identifican como los agentes Vázquez y Flores, del cuerpo nacional de policía. Los retengo en la puerta con la escusa de una urgencia renal y me visto con lo primero que encuentro: Unas botas de pescar de caña alta, una rebeca de ganchillo sin mangas y una falda hawaiana con flores de papel. Como lo encuentro poco sobrio, remato el atuendo con la boina falangista del abuelo.


03:50 h.

     Recibo a los agentes que, tras una leve inspección ocular del piso y otra más detallada de mi persona, preguntan si he echado en falta algún objeto de valor. Respuesta: un maletín de piel con ochocientos millones de euros en billetes de quinientos y un cartón de Marlboro. A la pregunta por la procedencia del dinero, respondo que tengo un cuñado tesorero.


03:55 h.

     Los agentes me piden que los acompañe a comisaría para formalizar la denuncia por escrito. Como parece que refresca, añado a mi indumentaria una estola de piel de conejo y los sigo hasta el vehículo oficial. ¿No tendrán un cigarrito? Ninguno de los agentes fuma.


04:20 h.

     Llegamos a la comisaría de la calle Gerona, me acompañan a una estancia llena de máquinas de escribir antiguas que parece el museo Olivetti. Un individuo con cara de sueño entra en la sala y se sienta frente a una de las máquinas, coloca en el carro tres folios intercalados con hojas de papel carbón y me pregunta el nombre. Cuando le veo aporrear el teclado con el dedo índice de cada mano deduzco que me espera una larga noche. Le pido un cigarrillo. Ni fuma ni está permitido fumar en las dependencias.


07:00 h.

     Salgo de comisaría. Las horas que son, casi que me voy a Recursos Humanos dando un paseo y si eso desayuno algo frugal por el camino.


07:15 h.

     Al ver a un hombre tan elegante caminando por la zona industrial, las personas que se dirigen en sus vehículos al trabajo deceleran la marcha sorprendidos. Los más lanzados, incluso bajan la ventanilla para practicar esa costumbre tan española: el piropo malsonante.


07:25 h.

     Me entra el fervor marca España y entro en la primera cafetería que encuentro abierta. Pido café con leche, dos docenas de churros, pincho de tortilla y copita de anís del mono.


07:45 h.

     Habiendo dado buena cuenta del desayuno, observo que aún es pronto y pido algo para hacer tiempo: una de patatas bravas, unos torreznillos, un bocadillo de calamares, una ración de oreja y una jarra de sangría.


08:02 h.

     Se me acerca un parroquiano.


08:03 h.

     Se escora a la izquierda.


08:04 h.

     Se escora a la derecha.


08:05 h.

     Retrocede.


08:07 h.

     Frena, endereza y acelera hacia mi persona.


08:08 h.

     Se pasa de frenada, tropieza, trastabilla, oscila, gira en redondo, fluctúa con gracia, se abalanza contra la mesa, se aferra a la misma, sonríe victorioso pero asimétrico, apunta los flancos traseros hacia una silla vacía y se deja caer con estudiada templanza.


08:12 h.

     Encandilado por mis encantos naturales, se ofrece a invitarme a grito pelado. Acepto la invitación y aprovecho para ausentarme alegando una urgencia renal.


08:15 h.

     Abandono el local y dejo a mi conquista vomitando sobre la mesa. Dudo si regresar a sus brazos, porque la verdad, le he cogido cariño. Pero el deber me llama, el corazón tendrá que esperar.


08:30 h.

     Llego a mi cita con exquisita puntualidad británica.


08:45 h.

     Arturo, el jefe de personal, es un tío majísimo. Me ha regalado un libro de autoayuda y me ha dicho que no me preocupe, “tómese todo el tiempo que necesite, no tenga prisa por volver”, han sido sus palabras exactas.

Da gusto trabajar para una empresa donde reconocen tu valía.




martes, 15 de diciembre de 2015

lunes, 23 de noviembre de 2015

lunes, 9 de noviembre de 2015

In DESMEMORIAM


Se me ha olvidado tu apellido.
No soy capaz de recordar el sonido tu voz
el sabor de tu sexo,
tus caricias,
tus besos
¿donde estarán tus besos?
perdidos
como el tiempo.

Ya apenas puedo acordarme de ti
pero no puedo olvidarme de tu tristeza
y de tus versos


viernes, 30 de octubre de 2015

Frases poco hechas
Los límites de la Física

  Corría más deprisa que la luz para escapar de su sombra y se dio de bruces con la imperturbable Relatividad.

El Laboratorio de Ciencias

      La puerta del laboratorio de ciencias siempre permanecía cerrada. Como nadie recordara haberla visto abierta, sospechábamos que tras ella sucedían cosas terribles. Con el paso del tiempo, dedujimos que era allí donde ocultaban los cadáveres.




      Un día, Reverte trajo unos cigarrillos holandeses que le había afanado a su padre y nos invitó a fumar en el recreo. Entonces nos contó de una vez que consiguió asomarse a hurtadillas al laboratorio, descubriendo a un grupo de profesores que infringían todo tipo de atrocidades al cuerpo inerte de un crío de nuestra edad. Aberraciones inhumanas, dijo con regocijo, y a todos nos entró el canguelo, porque las aberraciones inhumanas daban mucho canguelo, aunque no tuviéramos ni idea de lo que eran. En el debate que se suscitó a continuación, Camilo nos explicó que aberraciones era dar por culo, que su madre se lo decía a su padre. Y que por eso sus padres estaban condenados al infierno sin readmisión.

—Remisión— corrigió Bergamín. —Chorradas— dijo Camilo —¿Cómo se va a remitir nada desde el infierno? —Pues al infierno se va sin remisión de toda la vida de Dios— replicó Bergamín —, eso lo saben hasta los negros.
Lo que suscitó una nueva polémica entre la lógica popular y la tradición cristiana en la que estuvimos enfrascados hasta la hora de volver a clase de Geografía e Historia.

      Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en la clase y decidí seguirme a cierta distancia, pues no quería que mi cuerpo hiciera algo de lo que luego tuviera que arrepentirme.

Al entrar en clase, el padre Moratinos mandó salir al encerado a Federico García y comenzó a dictar:

“Antiguamente, la gente era muy aficionada a perder la cabeza. Se montaba una revolución y todos perdían la cabeza, hasta los locos……”
A continuación, se levantó de la mesa, agarró a Federico por detrás y bajándole los pantalones hasta los tobillos, comenzó a practicar con el todo tipo de aberraciones. Ante mi asombro, el resto de mis compañeros, incluido yo mismo, continuamos escribiendo en nuestros cuadernos
“…Esta propensión insensata fue patentada en su día por un avispado francés y acogida como la última novedad del salón de las nuevas tecnologías por el resto.”
Comprendí que estaba sufriendo una alucinación y cerré los ojos con fuerza. Intenté taparme los oídos, pero mis manos no dejaron de escribir la cantinela del padre:
“…En poco tiempo, toda Corte que se preciara, disponía de mecanismos ingeniosos para descabezar a sus súbditos…”
Al abrir los ojos las cosas habían empeorado. Los padres de Camilo se habían incorporado al cuadro y practicaban aberraciones sobre la mesa del profesor. El propio Camilo, de pie junto a sus padres, tomó el relevo al padre Moratinos en las labores de dictado:
“…y los Raymonetes de turno recorrían las distintas ejecuciones públicas dando por el culo a los reos como cobro del canon capital…”
Mis compañeros, que en fila de a uno esperaban su turno con los pantalones bajados, cantaron a coro:
“del latín caput, capitis. ¿Entiendes?”
Entonces mi cuerpo se levantó, se arrancó la cabeza, la depositó sobre el pupitre y se incorporó a la fila mientras se bajaba los pantalones. Mi cabeza quedó contemplando el reverso de Reverte, cuya cicatriz-boca continuó el dictado:
“..De alguna manera sibilina, esta costumbre se incorporó al código genético de las madres de la raza humana,…”
Mientras hablaba, la cara b de Reverte se iba transformando en su madre. Los labios cicatriz mudaban carnosos y llenos de sensualidad, las cuencas vacías se colmaban de miradas traviesas y azules que jugaban al escondite tras una cortina de pestañas...
“…que generación tras generación, siguen utilizando el golpe en la cabeza para corregir las actividades díscolas de su progenie,”
Y me arreaba un bofetón, para a continuación arroparme entre sus brazos y acercándome a sus pechos desnudos, introducir un rosado y erecto pezón entre mis labios, amamantando así mi excitación. Excitación que, con el rabillo del ojo, pude ver como se reflejaba en mi cuerpo en forma de una indiscreta erección en el momento justo en que el padre Moratinos se disponía a aberrarme.
“dejando para la Santa Madre Iglesia, la ingrata tarea que supone ocuparse del canon.”
Empecé a notar su miembro y grité. Me soltó otro bofetón y empezó a zarandearme con fuerza.
—Tío, que se te ha ido la olla— Reverte me agitaba preocupado desde su cara buena —¡Jooder, Kojak! Te has cagado encima.— Y salió corriendo.

Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en clase. Esta vez decidí no seguirme, entonces, mi cuerpo se frenó en seco y regresó con desgana a este lado inmundo de la realidad.

      A Reverte lo expulsaron por llamar perfecto mierda al padre Moratinos en clase de Geografía e Historia, y no lo volvimos a ver. Entre los compañeros empezó a circular el rumor de que lo habían fusilado en la tapia del patio, para luego esconder el cuerpo en el laboratorio.




sábado, 10 de octubre de 2015

La deriva Shopenhauer


“El toro no embiste porque tiene cuernos, tiene cuernos porque quiere embestir”
Arthur Schopenhauer

“Por más que intentes atravesar la pared, la puerta no se va a mover del sitio”
Mamá Bolkoien


“Me duele la boca de abrirla”
Pequeña Penny

Que vida triste la mía,
preso en de la dispersión,
cojo el tren en una vía
y me voy por peteneras
¡Madre de mi corazón!
y me voy por peteneras.

Ben el binagre



      Con 12 años cayó en mis manos “Sobre la voluntad en la naturaleza” de Schopenhauer. Y me lo creí, me lo creí tanto que decidí ponerlo en práctica.
      Si un toro podía conseguir que le crecieran los cuernos, seguro que yo también podía conseguir que me crecieran, no los cuernos que me parecían una incomodidad a la hora de rematar de cabeza, pero sí un par de enormes alas de águila, con sus largas plumas de ala ancha y no esa mierda de algodón de los angelitos.
      Con esa intención me encerré en la habitación, me senté cómodamente en la cama, cerré los ojos y empecé a imaginar que me nacían dos bultitos en la espalda, a la altura de los omoplatos. Poco a poco, esas pequeñas protuberancias iban desarrollándose, creciendo, hasta convertirse en dos hermosos pechos de mujer. Por extraño que parezca, los pechos, si bien habían nacido en la espalda, ahora estaban perfectamente ubicados en su sitio, incorporados a mi anatomía con naturalidad y proporcionando a mi cuerpo un aspecto distinto, turbador.
      Abrí los ojos entre confundido y excitado y comprobé, tanto con alivio como con pesar que no me habían crecido ni pechos de mujer ni alas de águila. Sin embargo, en compensación, me había crecido otra parte del cuerpo.
      El resto del verano lo pasé recluido en mi cuarto en un estado de meditación profunda del que sólo salía con desgana para ir al baño y comer algo.
      Mi madre empezó a inquietarse. En las comidas se quedaba mirando fijamente mis ojeras y decía —Tu no estas bien. — y a continuación a mi padre —Este chico no está bien. —con lo que yo daba por terminada la comida y me levantaba de la mesa a lo que respondía la autoridad de mi padre.
      — ¿Donde te crees que vas? siéntate en tu sitio y haz caso a tu madre.
      Entonces yo me volvía a sentar, mi madre me miraba fijamente a las ojeras y decía—Tu no estas bien. —y a continuación a mi padre— Este chico no está bien.       Un día vino un señor a casa y me preguntó qué hacía tantas horas encerrado en la habitación. Cuando le respondí que intentaba volar miró a mi madre con preocupación.
      —Lo ve, si ya le decía yo que no estaba bien. —Sentenció mi madre.
      Me internaron en un centro de rehabilitación para toxicómanos en el que me obligaban a creer en Dios y en la restauración de muebles usados, indistintamente.
      Y así, entre Toretes y Vaquillas reconvertidos a monaguillos bricomaniacos, fui perdiendo las ojeras junto con la fe en Schopenhauer y en la humanidad, indistintamente, sustituyéndolos por un incipiente bigotito y un paquete de Malboro, del que ya no he sabido separarme.


      Acompaño a Pequeña Penny al Centro de Salud para una revisión rutinaria. Aburrido de esperar, aprovecho que nadie acude a la llamada de un paciente por megafonía y me cuelo en la consulta. La doctora, una señora de mediana estatura para su mediana edad, ni guapa ni fea, se acerca a las gafas bifocales unos informes que deben pertenecer a la paciente ausente.
      —Siéntese, Doña Aurora, —dice sin levantar la vista de los informes— a ver, ¿que es lo que le pasa?
      —Que no me encuentro el punto G—digo yo, por entablar conversación.
      La doctora levanta la cabeza y me mira fijamente con el ceño fruncido. Yo empiezo a recular en el asiento, analizando las vías de escape.
      — ¿Usted fuma? —dice por fin
      —Un paquete de Malboro, —respondo precipitado. — desde los doce años.
      —Pues eso se ha terminado, no ve como tiene de irritada la voz, que parece un camionero.— comienza a teclear en el ordenador— Le voy a hacer un volante para que le hagan unas placas de la garganta y en una semana me vuelve usted a ver. —aprieta una tecla que hace que la impresora escupa las hojas con las citaciones— Y mientras tanto ni un cigarrillo.
      Me entrega el volante y cuando ya iba a salir por la puerta me llama
      — ¿No se olvida Usted de algo?
      Me paro junto a la puerta y me vuelvo, indeciso.
      —Ya está dejando su paquete de Malboro encima de la mesa— dice, y tras una inquisitorial pausa — y desnúdese.
      Abandono la consulta justo a tiempo de ver como Pequeña Penny sale por la puerta adyacente. Avanzo a su encuentro.
      — ¿Todo bien? —pregunto disimulando.
      — Bien, —responde— ¿y tu, como tienes esa cara?—me mira intranquila— ¿te pasa algo?
      —Es que a mí estos sitios me ponen enfermo. —vuelvo a disimular— Vamos, te invito a desayunar.
      Una vez en la calle, observo por una de las ventanas a la Doctora de mediana edad, recostada en su sillón con los pies descalzos encima de la mesa. Tiene el pelo alborotado y la bata desabotonada deja entrever un cuerpo bien cuidado. Desde éste lado de la cristalera resulta terriblemente atractiva. En sus manos, la cajetilla de Malboro de la que saca un cigarrillo y lo coloca con suavidad clínica entre sus labios. Lo prende y da una profunda calada para luego, con placer, dejar escapar el humo por las comisuras de su sonrisa.
      Pequeña Penny me da una colleja. —¿Que haces?
      —He decidido dejar de fumar. —respondo— Es que el tabaco se ha puesto por las nubes.



     Al regresar del centro de rehabilitación me encontré con mi amigo Lolo. Tras escuchar mi historia se me quedó mirando pensativo, parecía mantener una lucha interior. Al final debieron triunfar las fuerzas del bando de la pena ajena, porque echándome un brazo por encima de los hombros, me condujo hasta una esquina
      — Mira, te voy a contar el secreto de mi familia, pero tienes que jurarme que no se lo contarás a nadie.
      — Lo juro por lo mas sagrado —dije yo, siguiendo el convencionalismo aceptado.
     Lolo me miró fijamente a los ojos. Yo mantuve la mirada de la manera mas sincera que supe. Tras unos segundos que se me hicieron eternos Lolo se decidió a hablar.
      — Nos colgamos un ladrillo.
      — ¿Cómo que nos colgamos un ladrillo?
      — Pues eso, que nos atamos una cuerda a la chorra y ponemos un ladrillo de contrapeso. Por eso la tenemos tan grande.
      — Y a mí que me importa cómo la tengáis en tu casa.
      — Oye, que has sido tú el que me ha venido llorando que no conseguías que te creciera.
      — ¡Joder! Lolo, es que no te enteras de nada.
      — ¡Ah!, y tú sí. Por eso te han ingresado en un centro de retrasados.
      — De rehabilitación, imbécil.
      — Pues eso, de imbéciles con la picha corta. Tú y el Chopenagüer ese.

     Llegué a casa triunfal, con la nariz rota y el labio partido, pero triunfal. Mi madre se me quedó mirando fijamente, dio media vuelta y se alejó murmurando por los pasillos de la casa.
      — Este chico no está bien, no, no está bien.
     Atravesé el umbral y respiré profundamente el aroma del hogar, apestaba a coliflor recién hervida. Para evitar el vómito, encendí un cigarrillo y me lo coloqué en un lateral de la boca, estilo Travolta.
      — ¡Mamáaa! —grité mientras avanzaba con magullada chulería por el pasillo— ¿Tenemos ladrillos?


jueves, 4 de julio de 2013

yo no soy yo

      De pequeño yo no era yo, era mi hermano mayor. Jugaba con los juguetes de mi hermano, vestía su ropa, terminaba sus álbumes de cromos y veía sus series de televisión favoritas.
      Pronto, la confusión empezó a extenderse por el barrio hasta un momento en que todos me llamaban por el nombre de mi hermano. Así, debido a escuchar la misma mentira una y otra vez, la idea fue calándome las amígdalas, como el chirimiri, hasta que un día el vecino del primero, cortándome el pelo a navaja, le rebanó una oreja a mi hermano y éste empezó a desangrarse en el piso de arriba, con el consiguiente alboroto familiar.

      Se tuvieron que llevar a mi hermano roto a la casa de socorro donde le cosieron el trozo de oreja desprendido. Una vez recompuesto, regresó a casa siendo otra vez uno e indivisible, aunque por su aspecto parecía habérsele independizado una parte de la cara.

      A la hora de la merienda el vecino rebanador preparó para mi hermano una rebanada de Nocilla y cuando yo le pedí a mi madre una igual, me untó con Tulicrem un chusco de pan. <<— ¡Esto no es Nocilla!—>>, dije. <<— ¡Ni tu eres tu hermano!—dijo ella. —Si quieres Nocilla tienes que dejar que te corten las dos orejas y el rabo. >>

      Salí a la calle con ganas de cornear a alguien, tiré el chusco de pan a un tejado y con el dinero que acababa de sisar del monedero de mi madre, compré un vaso de Nocilla y un riche en la tienda de ultramarinos de la esquina. Me los comí enteritos mientras me cosía las heridas y recuperaba así la identidad perdida. Sin embargo, el remordimiento y la culpa sobrevinieron a la autodeterminación en forma de un soberano dolor de muelas que no ha dejado de perseguirme hasta nuestros días.

      Desde entonces, cada vez que necesito autoafirmarme recurro a la Nocilla y al Rhodogil. Me preparo un bocadillo generoso de la primera y mientras lo como, voy reconstruyéndome como individuo, remendando los jirones de la vida. Que dirán ustedes que como terapia es una tontería, pero a mi me funciona y me ahorro un dineral en psicoanalistas, que por otro lado, gasto compulsivamente en medicamentos para el remordimiento de muelas.


24 de junio de 2013

      Ayer volvieron a confundirme con un famoso que no soy yo, pero lejos de despejar el error, permití que me invitaran a la cena y firmé en el libro de honor del establecimiento, asumiendo con naturalidad la personalidad del otro.
      Al llegar a casa me preparé con urgencia un bocadillo de nocilla que comí sin hambre pero con avidez. Con el último bocado descubrí que seguía sin ser yo. Es más, el sillón en el que estaba sentado no era mi sillón, el salón no era mi salón, la cocina no era mi cocina, y el tarro de Nocilla era de Nutella. Mientras contemplaba perplejo aquel envase de crema de cacao con avellanas, una mujer que no era la mía se me acercó por la espalda y acariciando con sus labios el lóbulo de mi oreja susurró <<— ¿Que le pasa a mi niño? ¿Ya te han vuelto a confundir con ese escritor de medio pelo?>> Aturdido, dejé que me arrastrara a su dormitorio, que no era el mío, donde ha pasado la noche practicando toda suerte de perversiones sexuales imaginables con mi cuerpo, que ahora resulta que comparando proporciones y capacidades, tampoco debe ser el mío.



01 de julio de 2013

      Ha pasado una semana desde que no soy yo. He concedido tres entrevistas inventadas por las que he sido felicitado por todos y estoy profundizando en la relación con mi nueva mujer.


03 de julio de 2013

      Definitivamente, creo que me voy a pasar a la Nutella, prefiero ser el original de otro que un sucedáneo de mí mismo.

Psdta.: Creo que me estoy enamorando.



04 de julio de 2013

      He bajado al híper a comprar un tarro de Nutella y al ver el envase de Nocilla original no he podido evitar abrir la tapa y meter el dedo delante de la cámara de seguridad. Como el vigilante no se creía que yo fuera quien decía ser, he tenido que dar los datos de mi hermano para que me dejaran marchar, pero antes me han obligado a pagar el tarro de Nocilla.
      Ahora estoy en el sillón de mi salón, frente a un tarro de Nocilla vacío, con un terrible remordimiento de muelas y una acusada nostalgia de no ser yo.

      ¡Me cago en la puta nostalgia!



Yo en version Tulicrem entre dos trozos de pan


lunes, 3 de junio de 2013

La importancia de ser castellano


     En tercero de básica me sentaron detrás del holandés. Se llamaba Philip, con ph como el champú. Philip Pérez Van der nosecuantos y según decía, era el fruto de que su padre hubiera puesto una pica en Flandes. El padre, aparte de poner picas, era inventor y presumía de haber vendido a la Philips el radio cassette autorreversible. Por su parte, la madre de Philip también era reversible, pues a nuestro infantil parecer, estaba tan buena por delante como por detrás. De ahí que a nadie le extrañara el hecho de que Philip, siguiendo la tradición familiar, tuviera la cabeza reversible. De frente tenía una cara igual al resto de los niños, pero cuando se daba la vuelta tenía otra cara en forma de cicatrices que si te quedabas mirándolas fijamente, semejaban las formas de dos ojos sorprendidos y una boca abierta. Por eso empezamos a llamarle Reverte, Reverte el repetidor reversible. Y yo me pase el curso contemplando su cara b, que era la mala.


El reverso tenebroso de Reverte

     De tanto mirar el reverso tenebroso de Reverte, germinó en mí interior la idea de que también yo tenía dos caras y el temor de que antes o después, brotaría una costura en mi cogote, delatándome ante el mundo. Palpándome, busqué el punto donde nacería mi nuevo rostro, pero lo único que conseguí fue una picazón insoportable en el colodrillo que debido a mi nula capacidad de aguante, empecé a rascarme en medio de la clase, primero con fruición disimulada y a renglón seguido impulsivamente, con ambas manos y movimientos espasmódicos de la cabeza.
      Me mandaron a casa con una nota para mis padres en la que daban a entender que debido a mi falta de higiene, había sido invadido por parásitos poco recomendables y que no volvería a incorporarme al sistema educativo nacional mientras no demostrara fehacientemente estar limpio de polvo y piojos, o lo que es lo mismo, con la cabeza totalmente pelada y reluciente.

      Mi madre intentó matar ella misma a los inexistentes bichos, primero con la zapatilla y después rociándolos con un buen chorro de vinagre de vino blanco. A continuación, sujetándome de una oreja, me arrastró hasta la peluquería. Sólo al llegar a nuestro destino me soltó, dejándome frente al barbero.
—Aféitele la cabeza, que ha saber con quien habrá andado.
   Y tras pagar los servicios por adelantado,...se fue por donde había venido, con la dignidad inmaculada.

      Nada más regresar de la peluquería me dirigí al baño con la intención de verme el cogote en el espejo. Pero por más que forzara la vista no conseguí ver mas allá de mi oreja, de lo que deduje con alivio que al menos todavía no me habían crecido ojos en la nuca.
   Aún así, para evitar obsesionarme, cada cuarto de hora me miraba en el espejo del baño. Yo miraba mi nuca y el espejo devolvía la imagen de mi oreja. A base de perseverar, descubrí que si forzaba la vista el rato suficiente, el reflejo se volvía borroso y podía convertirlo en el canalillo de la madre de Reverte. Y a base de insistir en la perseverancia, perdí el conocimiento.


      Desperté con principio de priapismo y una tortícolis permanente. Con vistas a encubrir cualquier indicio de mi nuevo estado bicéfalo, tracé un elaborado plan consistente en tapar sendas cabezas con un verdugo de lana y hacerme terrorista para no levantar sospechas, como los que veía en la tele, que siempre salían leyendo comunicados con la cara tapada.
      Mi madre, que en ese momento se encontraba preparando unas lentejas con chorizo, recibió la noticia con aparente indiferencia, al menos hasta que insistí en la necesidad de taparme las cabezas para que no se me reconociera mientras practicaba actos criminales. Entonces soltó la cazuela.
—Que actos criminales ni que ocho cuartos— dijo —ya te voy a dar yo terrorismo— y se quitó la zapatilla.
      Intenté huir despavorido y poner los pies en polvorones pero antes incluso de girarme, noté la suela de su zapatilla impactando contra mi recién estrenada carrera criminal, haciendo trastabillar mis principios contra el suelo de la cocina.

      Al día siguiente, pelado y abochornado, intenté convencer a mi madre para no ir al colegio, pero argumentó que si se volvía a descalzar era posible que cojiera una pulmonía y no quise cargar con ese peso sobre mi conciencia ya maltrecha.
      Reverte me salvó del escarnio público. Cuando me dirigía al humillante encuentro de las mofas y burlas de mis compañeros, apareció acompañado de su madre. Ataviada con un mini traje típico holandés, se acercó a mi altura e inclinándose para acariciarme la cabeza dijo:
—Mirra que mono. También tu disfgazas, mi kleintje Kojak.
         ...Y perdí el conocimiento por segunda vez, ...aunque nadie se dio cuenta, presas como estaban del erectomagnetismo desprendido por aquella supermujer.


La mamá reversible de Reverte

     A pesar de tener que sufrir el mote de “el klenyi koyak” y su rima correspondiente durante el resto de curso.

...Yo le daba gracias a Dios por nacer castellano y pedía por Reverte y los otros niños de los países bajos, cuyas madres calzan zapatillas de madera maciza.


     El otro día en el autobus, descubrí con asombro como una chica despampanante no me quitaba el ojo de encima. No había posibilidad de confusión, ya que el vehículo estaba practicamente vacío. Empecé a sentirme incómodo, no es la primera vez que me confunden con un famoso y termino firmando los autografos de otro. Cuando por fín decidí sacarla de su error, el autobus paró y la chica comenzó a andar para atrás, como los cangrejos. Se bajó y continuó su camino de crustaceo, alejandose sin dejar de mirarme. Ella fue la primera. Desde entonces cada vez es más común encontrar viandantes que, al igual que nuestros politicos, caminan por la vida de espaldas a la realidad.

sábado, 25 de mayo de 2013

Octavilla real a una infanta


Deshojando Margaritas1,
conservando la esperanza
de que un váter2, sin fianza
os retorne a las pepitas.
Cristina, ya no me excitas.
No me gustan tus maneras
ni tu chulo con punteras
y sus timos de estampitas.

Yo me quedo con mi infanta,
con su pedigrí de pueblo
y un pequeño desarreglo
que es su hambre de Carpanta.
Yo me quedo con mi infanta,
que se llama Margatita
y además de ser bonita
a la hacienda no quebranta.



1 Momento Jones
2 Momento Roca


Infanta Margatita de Austria_La minina de Velazquez


sábado, 4 de mayo de 2013

a Mari Sari


Mari Sari fusila un tres de mayo
con el sayo colgando en bandoleras
y en la quinta del sordo canta un gayo
mientras Cronos devora treintañeras

Mari Sari siempre estando en su no estar,
perdida, distraída, sempitierna,
en el fondo submarino de su mar,
en el cuarto de estar de mi entrepierna.

Mascota, socia, amiga, compañera,
principio sin final, ¿por qué replico?,
sueño, pesadilla, sin arras nuera

Ni te cambio por dos de quince y pico
ni publico sonetos a cualquiera
que de un beso acalámbreme el hocico

no se olvide