Mi foto
Pucela, Castilla la vieja, Spain
DIRECTOR AUTÍSTICO DE PROYECTOS MULTIMEDIA
DIBUJANTE DEL MOVIMIENTO EN ESTÁTICO

jueves, 4 de julio de 2013

yo no soy yo

      De pequeño yo no era yo, era mi hermano mayor. Jugaba con los juguetes de mi hermano, vestía su ropa, terminaba sus álbumes de cromos y veía sus series de televisión favoritas.
      Pronto, la confusión empezó a extenderse por el barrio hasta un momento en que todos me llamaban por el nombre de mi hermano. Así, debido a escuchar la misma mentira una y otra vez, la idea fue calándome las amígdalas, como el chirimiri, hasta que un día el vecino del primero, cortándome el pelo a navaja, le rebanó una oreja a mi hermano y éste empezó a desangrarse en el piso de arriba, con el consiguiente alboroto familiar.

      Se tuvieron que llevar a mi hermano roto a la casa de socorro donde le cosieron el trozo de oreja desprendido. Una vez recompuesto, regresó a casa siendo otra vez uno e indivisible, aunque por su aspecto parecía habérsele independizado una parte de la cara.

      A la hora de la merienda el vecino rebanador preparó para mi hermano una rebanada de Nocilla y cuando yo le pedí a mi madre una igual, me untó con Tulicrem un chusco de pan. <<— ¡Esto no es Nocilla!—>>, dije. <<— ¡Ni tu eres tu hermano!—dijo ella. —Si quieres Nocilla tienes que dejar que te corten las dos orejas y el rabo. >>

      Salí a la calle con ganas de cornear a alguien, tiré el chusco de pan a un tejado y con el dinero que acababa de sisar del monedero de mi madre, compré un vaso de Nocilla y un riche en la tienda de ultramarinos de la esquina. Me los comí enteritos mientras me cosía las heridas y recuperaba así la identidad perdida. Sin embargo, el remordimiento y la culpa sobrevinieron a la autodeterminación en forma de un soberano dolor de muelas que no ha dejado de perseguirme hasta nuestros días.

      Desde entonces, cada vez que necesito autoafirmarme recurro a la Nocilla y al Rhodogil. Me preparo un bocadillo generoso de la primera y mientras lo como, voy reconstruyéndome como individuo, remendando los jirones de la vida. Que dirán ustedes que como terapia es una tontería, pero a mi me funciona y me ahorro un dineral en psicoanalistas, que por otro lado, gasto compulsivamente en medicamentos para el remordimiento de muelas.


24 de junio de 2013

      Ayer volvieron a confundirme con un famoso que no soy yo, pero lejos de despejar el error, permití que me invitaran a la cena y firmé en el libro de honor del establecimiento, asumiendo con naturalidad la personalidad del otro.
      Al llegar a casa me preparé con urgencia un bocadillo de nocilla que comí sin hambre pero con avidez. Con el último bocado descubrí que seguía sin ser yo. Es más, el sillón en el que estaba sentado no era mi sillón, el salón no era mi salón, la cocina no era mi cocina, y el tarro de Nocilla era de Nutella. Mientras contemplaba perplejo aquel envase de crema de cacao con avellanas, una mujer que no era la mía se me acercó por la espalda y acariciando con sus labios el lóbulo de mi oreja susurró <<— ¿Que le pasa a mi niño? ¿Ya te han vuelto a confundir con ese escritor de medio pelo?>> Aturdido, dejé que me arrastrara a su dormitorio, que no era el mío, donde ha pasado la noche practicando toda suerte de perversiones sexuales imaginables con mi cuerpo, que ahora resulta que comparando proporciones y capacidades, tampoco debe ser el mío.



01 de julio de 2013

      Ha pasado una semana desde que no soy yo. He concedido tres entrevistas inventadas por las que he sido felicitado por todos y estoy profundizando en la relación con mi nueva mujer.


03 de julio de 2013

      Definitivamente, creo que me voy a pasar a la Nutella, prefiero ser el original de otro que un sucedáneo de mí mismo.

Psdta.: Creo que me estoy enamorando.



04 de julio de 2013

      He bajado al híper a comprar un tarro de Nutella y al ver el envase de Nocilla original no he podido evitar abrir la tapa y meter el dedo delante de la cámara de seguridad. Como el vigilante no se creía que yo fuera quien decía ser, he tenido que dar los datos de mi hermano para que me dejaran marchar, pero antes me han obligado a pagar el tarro de Nocilla.
      Ahora estoy en el sillón de mi salón, frente a un tarro de Nocilla vacío, con un terrible remordimiento de muelas y una acusada nostalgia de no ser yo.

      ¡Me cago en la puta nostalgia!



Yo en version Tulicrem entre dos trozos de pan


viernes, 7 de junio de 2013

Frases poco hechas
Inmigración

Los inmigrantes nacionalizados españoles...
 ...¿Pueden pedir el libro de reclamaciones?

lunes, 3 de junio de 2013

La importancia de ser castellano


     En tercero de básica me sentaron detrás del holandés. Se llamaba Philip, con ph como el champú. Philip Pérez Van der nosecuantos y según decía, era el fruto de que su padre hubiera puesto una pica en Flandes. El padre, aparte de poner picas, era inventor y presumía de haber vendido a la Philips el radio cassette autorreversible. Por su parte, la madre de Philip también era reversible, pues a nuestro infantil parecer, estaba tan buena por delante como por detrás. De ahí que a nadie le extrañara el hecho de que Philip, siguiendo la tradición familiar, tuviera la cabeza reversible. De frente tenía una cara igual al resto de los niños, pero cuando se daba la vuelta tenía otra cara en forma de cicatrices que si te quedabas mirándolas fijamente, semejaban las formas de dos ojos sorprendidos y una boca abierta. Por eso empezamos a llamarle Reverte, Reverte el repetidor reversible. Y yo me pase el curso contemplando su cara b, que era la mala.


El reverso tenebroso de Reverte

     De tanto mirar el reverso tenebroso de Reverte, germinó en mí interior la idea de que también yo tenía dos caras y el temor de que antes o después, brotaría una costura en mi cogote, delatándome ante el mundo. Palpándome, busqué el punto donde nacería mi nuevo rostro, pero lo único que conseguí fue una picazón insoportable en el colodrillo que debido a mi nula capacidad de aguante, empecé a rascarme en medio de la clase, primero con fruición disimulada y a renglón seguido impulsivamente, con ambas manos y movimientos espasmódicos de la cabeza.
      Me mandaron a casa con una nota para mis padres en la que daban a entender que debido a mi falta de higiene, había sido invadido por parásitos poco recomendables y que no volvería a incorporarme al sistema educativo nacional mientras no demostrara fehacientemente estar limpio de polvo y piojos, o lo que es lo mismo, con la cabeza totalmente pelada y reluciente.

      Mi madre intentó matar ella misma a los inexistentes bichos, primero con la zapatilla y después rociándolos con un buen chorro de vinagre de vino blanco. A continuación, sujetándome de una oreja, me arrastró hasta la peluquería. Sólo al llegar a nuestro destino me soltó, dejándome frente al barbero.
—Aféitele la cabeza, que ha saber con quien habrá andado.
   Y tras pagar los servicios por adelantado,...se fue por donde había venido, con la dignidad inmaculada.

      Nada más regresar de la peluquería me dirigí al baño con la intención de verme el cogote en el espejo. Pero por más que forzara la vista no conseguí ver mas allá de mi oreja, de lo que deduje con alivio que al menos todavía no me habían crecido ojos en la nuca.
   Aún así, para evitar obsesionarme, cada cuarto de hora me miraba en el espejo del baño. Yo miraba mi nuca y el espejo devolvía la imagen de mi oreja. A base de perseverar, descubrí que si forzaba la vista el rato suficiente, el reflejo se volvía borroso y podía convertirlo en el canalillo de la madre de Reverte. Y a base de insistir en la perseverancia, perdí el conocimiento.


      Desperté con principio de priapismo y una tortícolis permanente. Con vistas a encubrir cualquier indicio de mi nuevo estado bicéfalo, tracé un elaborado plan consistente en tapar sendas cabezas con un verdugo de lana y hacerme terrorista para no levantar sospechas, como los que veía en la tele, que siempre salían leyendo comunicados con la cara tapada.
      Mi madre, que en ese momento se encontraba preparando unas lentejas con chorizo, recibió la noticia con aparente indiferencia, al menos hasta que insistí en la necesidad de taparme las cabezas para que no se me reconociera mientras practicaba actos criminales. Entonces soltó la cazuela.
—Que actos criminales ni que ocho cuartos— dijo —ya te voy a dar yo terrorismo— y se quitó la zapatilla.
      Intenté huir despavorido y poner los pies en polvorones pero antes incluso de girarme, noté la suela de su zapatilla impactando contra mi recién estrenada carrera criminal, haciendo trastabillar mis principios contra el suelo de la cocina.

      Al día siguiente, pelado y abochornado, intenté convencer a mi madre para no ir al colegio, pero argumentó que si se volvía a descalzar era posible que cojiera una pulmonía y no quise cargar con ese peso sobre mi conciencia ya maltrecha.
      Reverte me salvó del escarnio público. Cuando me dirigía al humillante encuentro de las mofas y burlas de mis compañeros, apareció acompañado de su madre. Ataviada con un mini traje típico holandés, se acercó a mi altura e inclinándose para acariciarme la cabeza dijo:
—Mirra que mono. También tu disfgazas, mi kleintje Kojak.
         ...Y perdí el conocimiento por segunda vez, ...aunque nadie se dio cuenta, presas como estaban del erectomagnetismo desprendido por aquella supermujer.


La mamá reversible de Reverte

     A pesar de tener que sufrir el mote de “el klenyi koyak” y su rima correspondiente durante el resto de curso.

...Yo le daba gracias a Dios por nacer castellano y pedía por Reverte y los otros niños de los países bajos, cuyas madres calzan zapatillas de madera maciza.


     El otro día en el autobus, descubrí con asombro como una chica despampanante no me quitaba el ojo de encima. No había posibilidad de confusión, ya que el vehículo estaba practicamente vacío. Empecé a sentirme incómodo, no es la primera vez que me confunden con un famoso y termino firmando los autografos de otro. Cuando por fín decidí sacarla de su error, el autobus paró y la chica comenzó a andar para atrás, como los cangrejos. Se bajó y continuó su camino de crustaceo, alejandose sin dejar de mirarme. Ella fue la primera. Desde entonces cada vez es más común encontrar viandantes que, al igual que nuestros politicos, caminan por la vida de espaldas a la realidad.

viernes, 31 de mayo de 2013

Frases poco hechas
Ecología

  El elefante español, esa especie en peligro de extinción.

sábado, 25 de mayo de 2013

Octavilla real a una infanta


Deshojando Margaritas1,
conservando la esperanza
de que un váter2, sin fianza
os retorne a las pepitas.
Cristina, ya no me excitas.
No me gustan tus maneras
ni tu chulo con punteras
y sus timos de estampitas.

Yo me quedo con mi infanta,
con su pedigrí de pueblo
y un pequeño desarreglo
que es su hambre de Carpanta.
Yo me quedo con mi infanta,
que se llama Margatita
y además de ser bonita
a la hacienda no quebranta.



1 Momento Jones
2 Momento Roca


Infanta Margatita de Austria_La minina de Velazquez


viernes, 24 de mayo de 2013

Gastronomía


  Camarero por favor, una frase poco hecha, que sangre a cuchillo.


martes, 14 de mayo de 2013

Microrrelatos ilustrados

El hombre que no amaban las mujeres

La mujer asesinó al marido, la viuda quedó desconsolada.


ilustratio interruptus_col erase y photoshop

 

sábado, 4 de mayo de 2013

a Mari Sari


Mari Sari fusila un tres de mayo
con el sayo colgando en bandoleras
y en la quinta del sordo canta un gayo
mientras Cronos devora treintañeras

Mari Sari siempre estando en su no estar,
perdida, distraída, sempitierna,
en el fondo submarino de su mar,
en el cuarto de estar de mi entrepierna.

Mascota, socia, amiga, compañera,
principio sin final, ¿por qué replico?,
sueño, pesadilla, sin arras nuera

Ni te cambio por dos de quince y pico
ni publico sonetos a cualquiera
que de un beso acalámbreme el hocico

miércoles, 27 de marzo de 2013

Los efectos de la crisis, y III

(...viene de "Los efectos de la crisis II)

Jane Badler - DIANA


      A
quel calendario de 1985 me acompañó durante un par de intensos años. Luego, al terminar mi estancia en aquella habitación, lo descolgué de la pared, lo guardé en la maleta y no he vuelto a saber de él. Si bien conservo de aquella experiencia una cierta tendencia a las mujeres lagarto, nunca he vuelto a tener calendarios de pared y aún hoy siento escalofríos cuando entro en alguna estancia y veo uno. Mi madre, sin embargo, sigue fiel a su costumbre y todos los años, a finales de Diciembre, se acerca hasta la sucursal del banco donde guarda los ahorros a por su calendario del año entrante y así gestionar ordenadamente un año más de su vida.

      Al menos así estaban las cosas hasta que a principios de este año recibo una llamada de mi madre.
—¿Que día es hoy?— suelta de sopetón
—No se, mamá. Creo que domingo.— silencio —¿Te encuentras bien?
      Tras una breve pausa, mi madre comienza a hablar visiblemente alterada
—Qué me voy a encontrar bien, si no se ni en que día vivo. Este hombre es que no respeta nada. ¿Que quiere?, eh, que nos volvamos todos locos o qué. Que digo yo que no es mucho pedir. Con lo que hemos tenido que pasar para sacaros adelante y ahora resulta que ni en el día que vivimos tenemos derecho a saber. Claro, como a él todo se lo dan hecho. Porque seguro que tiene un montón de secretarios que le recuerdan...
—Mamá
—...lo que tiene que hacer y donde tiene que ir. Y a los demás...
—Mamáaaa
—Y tú no lo defiendas, que no tienes vergüenza. En vez de preocuparte por tu madre, que no se que te habré hecho yo para que me trates así. Que siempre me estás llevando la contraria...
      Y continúa su monólogo durante dieciséis ataques de ingratitud, siete desafecciones leves y dos recaídas severas con llantina y berrinche incorporados. Así, hasta que consigo enterarme de que en su banco —por culpa de la crisis, del gobierno y sobre todo mía, que soy un mal hijo y un desconsiderado— este año no han repartido calendarios, lo que ha trastocado el día a día de mi madre hasta el punto de no saber si tiene que ir al médico o a clases de aquagim. Así que para tranquilizarla, prometo acercarme en cuanto pueda con un calendario de pared con los números bien grandes.
      Al día siguiente, en la papelería donde compro habitualmente, consigo un calendario del año en curso que pido que me envuelvan cuidadosamente para evitar el contacto visual y decido llevárselo a mi madre.
      Me recibe medio desnuda, con los pelos alborotados y un color rosado en la piel que no había advertido hasta ese momento. Intento disimular mi preocupación ante la certeza de que el caos, sin lugar a dudas, ha tomado posesión de su vida.
—Hola mamá, te traigo un calendario
—Ah, ya no me hace falta, ¿te quedas a comer?...
      Sigue hablando pero yo ya no la escucho. Al entrar en la cocina mis miedos me devuelven a una habitación de 2 x 2 y a aquel almanaque que ahora preside la cocina de mi madre.
—...Como no sabía que hacer, he estado tirando trastos viejos y he encontrado un calendario en la maleta vieja.
      Temblando, me siento en una silla a llorar en silencio el desastre que se avecina.
—Resulta que tiene apuntadas un montón de cosas que hacer...—dice ilusionada—...Ahora mismito acabo de llegar de clase de Kama-Sutra y mañana tengo hora para que me miren el introito.

      Lo peor es que debido a mi carácter contradictorio, voy a tener que hacerme monja de clausura.


La madre superiora, la hermana Benita y la hermana Inferiora

Psdta.: Quiero dejar bien claro que por mucho que coincidan las fechas, el hecho de presentar mis votos como novicia no ha tenido nada que ver con la renuncia de su Santidad el Papa Benedicto XVI.


viernes, 22 de marzo de 2013

Los efectos de la crisis II

(...viene de Los efectos de la crisis I)

Lsojetos no respían
—Lsojetos no respían, no, no tien pulmones, no espiran, losojetos no rspiran...

—Te parecerá bonito tanto desorden y tanta guarrería —bajo el quicio de la puerta, la figura distorsionada de mi madre se afanaba en los trabajos de demolición y reconstrucción—. Ahora mismito te vas a la ducha y metes ese pijama y las sabanas a la lavadora.

      A pesar o quizás por el hecho de saber que mi madre en ese momento estaba a cientos de kilómetros de distancia, me pareció menos humillante someterme a su ilusión y obedecí mecánicamente, levantándome de la cama sin el menor esfuerzo. Empecé a quitar la ropa de cama y entonces lo vi. O mejor dicho, no lo vi. El calendario había desaparecido y en su lugar había un orificio en la pared del tamaño de una mirilla, a través del cual se adivinaba un universo de mujeres desnudas. Intrigado, me asomé a mirar, pero cuando estaba a punto de descubrir el misterio al otro lado del muro me entró agua en los ojos.

      Salí de la ducha confundido y volví apresuradamente a la habitación, sin tiempo para secarme. Al llegar al umbral de la puerta me detuve petrificado, no había rastro del espejismo de mi madre y colgando de su escarpia volvía a estar aquel almanaque desde el que me sonreía la reina de los reptilianos. ¿Que estaba pasando? El miedo volvió a apoderarse de mí en forma de taquicardia. Tuve que sujetarme al marco de la puerta para paliar las palpitaciones. Era como si el corazón quisiera atravesar a golpes la caja torácica, y el estómago, contagiado, intentara escapar de su reclusión por el orificio de la boca.

      Mientras intentaba controlar el vómito, se abrió la puerta de la calle y entró uno de mis compañeros de piso acompañado de una chica, una réplica joven de Jane Balder, que me saludó con una de sus sonrisas maliciosas. Paralizado como estaba, sólo hubo una parte de mi cuerpo que supo corresponder haciendo el saludo nazi, dejando de manifiesto mi obscena desnudez. Abochornado y aturdido, me encerré en la habitación.

      Al darme la vuelta me di de bruces con el calendario, pero esta vez no sentí miedo. Algo había cambiado, algo que hizo que me relajara de inmediato. Uno de los días había sido enmarcado con rotulador. Me acerqué y casi me mareo. Sobre la tipografía del santo del día, caligrafiado en mayúsculas con letra materna estaba escrito el siguiente lema:



...y unos delicados nudillos golpearon a la puerta.



viernes, 15 de marzo de 2013

Los efectos de la crisis I


      La agenda de mi madre es un calendario de pared con los números en grande y el santo del día a pié de número. En él, apunta los nombres de hijos, sobrinos, nietos y demás familia junto al día del cumpleaños. También anota sus actividades cotidianas, como las visitas al médico o las clases de aquagim de los martes y jueves. De tal modo que si el 25 de abril tiene consulta con el traumatólogo, mi madre escribe “Güesos” encima de S. Marcos y la hora junto al número. Luego dibuja un recuadro rodeándolo todo y así parcela su vida de manera eficiente.


      Los días que tiene la agenda libre, mi madre los dedica a parcelar vidas ajenas. En cuanto encuentra una vida sin acotar, saca el metro y demarca acontecimientos igual que un constructor delimitaría terrenos. Tampoco importa mucho si la vida en cuestión ya tiene su superficie urbanizada, sus caminos trazados o sus zonas verdes enraizadas. Mi madre siempre conoce una manera mejor de distribuir los espacios. De hecho, mientras uno de sus hemisferios se dedica a parcelar, el otro ya está diseñando los trabajos de demolición y viceversa, que quiere decir al contrario.
      Debido a mi natural masculino incapaz de utilizar ambos hemisferios a la vez, sólo he heredado de mi madre el hemisferio de llevar la contraria, que no se si es el hemisferio norte o el sur o viceversa. Lo cierto es que debido a mi herencia, ante cualquier argumento, siento una necesidad inmediata y visceral de defender la postura antagónica. Me lo pide el ADN.
      Pero si mantengo una fundada aversión hacia los calendarios que hace que mi vida se desarrolle en el caos temporal más absoluto, no es por el ADN o por llevar la contraria a mi madre.

      Al menos, no siempre fue así. 


Los dos hemisferios de mi madre


UN calendario en la pared

      Siendo aun un crío, abandoné por primera vez el nido familiar para establecerme por cuenta ajena en un piso compartido con unos amigos desconocidos. La minúscula habitación que me tocó en suerte disponía de una cama demasiado estrecha, un armario demasiado empotrado y un calendario de pared demasiado atrasado. De no ser por la foto con la imagen de Jane Badler, la “Diana” de la serie “V”, me habría desecho de aquel calendario caducado. Pero aquella mala tan buena había marcado parte de mi adolescencia y no me pareció mala idea compartir con ella el dormitorio durante una buena temporada. No sabía lo equivocado que estaba y de que manera iba a trastornar mi vida aquel aparentemente inofensivo calendario.
       La habitación, de aproximadamente 2 X 2, era tan pequeña que resultaba imposible moverse sin posar la vista en el almanaque. Y pronto descubrí que había algo en aquel calendario que me inquietaba. Al principio se presentó como una pequeña incomodidad, una leve desazón pasajera que achaqué a los nervios propios de la mudanza. Pero poco a poco la inquietud fue en aumento hasta que una mañana se apoderó de mi ser una terrible congoja, postrándome en el lecho víctima de intermitentes temblores y un sudor frío que partiendo de la rabadilla, atravesaba la medula espinal hasta posarse en la base del cerebelo, donde decidió quedarse a vivir. Inmóvil como estaba, presa del pánico, era incapaz de apartar la mirada del objeto que me producía tales males.
      Durante minutos que se convirtieron en horas que se convirtieron en días estuve tendido en la cama, viendo impotente como se me iban la vida y los fluidos sin poder apartar la mirada de aquel calendario. Al sentir abrirse la puerta de la calle intenté gritar reclamando auxilio, pero mi boca continuó cerrada impidiendo que de ella escapara el más leve sonido. Entonces en un arrebato de demencia intenté gritar por la nariz y se me salieron los mocos y la dignidad. Luché con todas las fuerzas que me quedaban para intentar incorporarme, pero mi cuerpo permaneció petrificado, pegado al incómodo colchón de aquella cama ajena. Al final, exhausto, perdí el conocimiento en un delirio de números enteros.
      Desperté tendido boca abajo. Entonces, en un momento de lucidez, me armé de arrojo y sin apartar la mirada de la mesilla de noche, conseguí incorporarme hasta posar los pies en el frío y desnudo suelo, quedando sentado de espaldas al calendario. Al notar su aliento en la nuca, mis piernas comenzaron a temblar descontroladas. Una y otra vez, me repetía a mi mismo que los objetos no respiran. Una y otra vez, rezaba la misma letanía mientras mi cuerpo se balanceaba adelante y atrás acompasadamente y la mirada se perdía en un punto mas allá de un mueble que ya no veía.

—Lsojetos no respían, no, no tien pulmones, no espiran, losojetos no rspiran...


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Plagiocuento de Navidad*


      Sucedió que un navidad bailaba cariño y bailaba Cortazar delante de una sucursal llena de ajustes y de crisis. Las más irritadas eran las crisis porque buscan siempre que los navidad no bailen cariño ni Cortazar sino austeridad, que es el baile que conocen los ajustes y las crisis.
      Los navidad se sitúan a propósito delante de las sucursales, y esta vez el navidad bailaba cariño y bailaba Cortazar para molestar a las crisis. Una de las crisis dejó en el suelo su perroflauta -pues las crisis, como el Secretario General, están siempre asistidas por perroflautas- y salió a imprecar al navidad, diciéndole así:
-Navidad, no bailes cariño ni Cortazar delante de esta sucursal.
      El navidad seguía bailando y se reía.
      La crisis llamó a otras crisis y los ajustes formaron corro para ver lo que pasaría.
-Navidad -dijeron las crisis-. No bailes cariño ni Cortazar delante de esta sucursal.
      Pero el navidad bailaba y se reía, para menoscabar a las crisis.
      Entonces las crisis se arrojaron sobre el navidad y lo lastimaron. Lo dejaron caído al lado de un pabellón municipal, y el navidad se quejaba, envuelto en su sangre y su tristeza.
      Los ajustes vinieron furtivamente, esos objetos verdes y húmedos. Rodeaban al navidad y lo compadecían, diciéndole así:
-Ajuste ajuste ajuste.
      Y el navidad comprendía, y su soledad era menos amarga.

*Costumbres de los Famas_(Maestro Cortazar)

viernes, 21 de diciembre de 2012

El Fin del Mundo


En el día que no se acabó el mundo
500 españoles perdieron su vivienda y más de mil su empleo.

En el día que no se acaba el mundo
Se cometen 1320 homicidios y 30000 menores de 5 años mueren asesinados de hambruna.

En el día que no se acabará el mundo
Hay 870 millones de personas pasando hambre

Algún día,
antes de que se acabe el mundo,
se acabó la humanidad.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Que se jodan los extraterrestres

   A papá: 18-03-1929 + 08-11-2012      
 Se le acabaron las balas en el último momento


   Mi padre dejó de trabajar a los cincuenta. Los bancos y la hacienda pública le dejaron sin empresa y sin dignidad sucesivamente. Desde entonces cambió su inestable realidad por una ficción rutinaria.
Todos los días sacaba el perro a pasear, tomaba con ansia contenida un vino en el bar más humilde del barrio y volvía a casa, donde pasaba el resto de la mañana leyendo novelas del oeste. Se abstraía tanto en la lectura que la presencia del resto de la familia le pasaba inadvertida. Sólo una vez terminada la novela o al olor de unas lentejas con chorizo, levantaba la vista, te atravesaba con una mirada vidriosa y escupía:
– No debiste cruzar el umbral de esa puerta, forastero. Este salón es demasiado pequeño para los dos.
Entonces, desenfundaba el bolígrafo de su bolsillo y con un rápido movimiento de muñeca dibujaba un triangulo en la esquina superior derecha de la contraportada.
Los lectores de novelas del Oeste, como los ladrones de casas, tienen su propio código secreto. Mi padre marcaba sus novelas con un triángulo equilátero, que en el código de los "desperados" significa que la casa ya ha sido robada.



algunos pictogramas descifrados


Una vez por semana, interrumpía su rutina matinal para acercarse hasta el quiosco donde intercambiaba las novelas leídas por otras.
Algunas veces, regresaba de su paseo con una extraña sonrisa, se dirigía directamente al dormitorio y se encerraba durante horas. Yo pegaba la oreja a la puerta intentando adivinar, actitud que aprovechaba el perro para aparearse con mi pierna. Nunca llegaré a entender ese fetichismo insano que manifiestan algunos perros, pero mi cerebro infantil, asociando hechos, concluyó que afinar el oído tras puertas ajenas producía que de mi se desprendiera un irresistible perfume a perra en celo. Un chanel nº 5 canino que convertía a mi pernera en la Marilyn Monroe de los Fox Terriers. Aquello acabó con mi prometedora carrera como espía internacional y con el desconocimiento absoluto de los quehaceres de mi padre en el dormitorio. A cambio, el destino me compensó con mi primera relación estable y una cierta tendencia futura a las mujeres mascota.

Un día, mi padre llegó a casa pálido, como si hubiera visto un fantasma. Cerró la puerta a sus espaldas y se desplomó como un saco de patatas. Mamá dijo que le había dao un rictus y una ambolia, y que pasaría una temporada en el Crínico.


más pictogramas

Descubrí la verdad mientras mi padre permanecía convaleciente.
Debajo de la cama, malviviendo entre los monstruos, el perro y un orinal descascarillado, había escondida una maleta. Una antigua y triste maleta que nunca salió de viaje. Y dentro de la maleta, su colección de novelas y un cuaderno de arillas lleno de anotaciones con un sobre pegado con celo a la portada. En el sobre estaba escrito:
“A los Sres. Arqueólogos Extraterrestres”
El quiosquero confirmó mis sospechas. Un tipo se había presentado en su local reclamando los derechos de autor, por lo que había dejado el negocio de cambiar novelas. Se lamentó por mi padre, que siempre pedía las novelas más usadas, esas que ya no quería nadie. Y en señal de buena voluntad por el disgusto que se había llevado, me regaló un par de novelas nuevas, a estrenar.



y más pictogramas
Papá regresó del Hospital con un doble bypass, un respirador nocturno y un montón de pastillas y de prohibiciones. Nada de tabaco, nada de alcohol, nada de fritos, nada de chorizo con las lentejas.
Se hizo con una radio que colocó junto al sofá y nunca volvió a leer novelas del oeste.

Hace poco, en un rastrillo, encontré una colección de viejas películas del oeste por un precio razonable. Al rato, estaba entrando en casa con una caja bajo el brazo. Saludé a gritos desde el hall de la entrada y me dirigí al pequeño salón-comedor donde hacen vida mis padres. No estaban pero se habían dejado la radio encendida. Un enorme cactus saguaro ocupaba ahora el espacio del sillón de lectura de mi padre. Apagué la radio, dejé la caja con los dvds en la mesa camilla y volví por donde había entrado. Al salir, me pareció oír una voz espinosa:
–Tu cara me suena, forastero. Creo haber visto un cartel poniéndole precio.


y más pictogramas

PS. Durante todos estos años, mi padre había estado compilando y descifrando los extraños dibujos que encontraba en las novelas y apuntando sus conclusiones en un cuaderno. Tenía la certeza de que los seres humanos acabaríamos los unos con los otros y la esperanza de que, cuando en un futuro lejano, los extraterrestres llegaran a una tierra despoblada, encontrarían la maleta y que gracias a su trabajo, no se volverían locos intentando descifrar aquellos extraños pictogramas.

Evidentemente, el cuaderno me lo quedé yo. Que se jodan los extraterrestres.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Feliz Navidad

No quería dejar pasar el año sin felicitaros las fiestas.
Razones personales me impiden de momento mantener lo que yo considero una mínima dedicación al blog y a los que hacéis que merezca la pena, pero abandonarlo del todo me convertiría en un cuerpo sin alma, y sin alma no se vivir.



Santa Rajoy dando el discurso de Navidad



Recortables del rey Gaspar Toxo y de las coronas reales




Recortable de los ropajes reales



sábado, 13 de marzo de 2010

a Delibes



Ya no quedan palabras
ya no quedan

ya no queda la e minúscula
ni perdices con visera
ni milanas inocentes
ni príncipes caca pis

Ya no quedan cinco horas
ni confesiones de anís
ni herejes de juderías
ni cazarratas, ni Ninis
ni mochuelos, ni guindillas
ni Delibes, ni castillas

Se las ha llevado Miguel
a la sombra de un ciprés
con su escopeta de caza
cargada de sustantivos
y el zurrón lleno de verbos
de adverbios y de adjetivos

Ya no quedan palabras
ya no quedan


jueves, 4 de marzo de 2010

Las edades de PENÉLOPE
I.- Embarazo


Ya desde pequeñita apuntaba maneras, usos y costumbres.

Sus padres, funambulistas en circo de poca monta, planificaron su futuro profesional antes, durante y con el cigarrillo de después de la concepción. Entusiastas seguidores de la estimulación prenatal, decidieron que la instrucción nacería con el embarazo. Así, dispusieron que la mujer, una vez preñada, alternara entre las distintas especialidades del oficio. Durante los dos primeros meses trabajaría el trapecio, los dos siguientes las acrobacias, luego las volatinas y a partir del sexto mes subiría al alambre, dejando el final de la gestación para actividades menos arriesgadas como partenaire y diana ocasional del lanzador de cuchillos.

Las cosas se torcieron desde un principio. La madre tuvo que abandonar el trapecio tras sufrir un ataque de nauseas en plena actuación y vomitar sobre un sorprendido público de bocas abiertas.
El aumento de pecho no ayudó mucho a sus evoluciones acrobáticas, haciéndola perder el equilibrio en más de una ocasión.
A partir del cuarto mes de embarazo comenzó a engordar de una manera desmesurada, llegando a disfrutar de un efímero éxito como “La musa de Botero equilibrista o las tres gracias en una” hecho que evitó su despido cuando fue sorprendida disputando un lomo de buey a uno de los leones del espectáculo. El éxito terminó junto con su aventura en el alambre cuando se le hincharon los pies, convirtiéndose en dos bolas resbaladizas imposibles de manejar.




La colaboración con el lanzador de cuchillos es recordada como breve, pero intensa, al confundir éste, desde su miopía ejercitada a base de alcohol en sangre, el abultado abdomen de su partenaire con uno de los globos que debía explotar. Episodio que terminó en la sala de urgencias del hospital, donde decidieron no retirar el cuchillo de su ubicación para evitar un desprendimiento de líquido amniótico que podría ser letal para el desarrollo del bebé.

Lo que quedaba de embarazo, por prescripción facultativa, lo pasó en el absoluto reposo de la taquilla del circo, viendo como se incrementaba la asistencia de un público que, tras correrse la voz, acudía en masa para ver a “la gorda embarazada con un cuchillo clavado en la barriga”.


Cuando al pequeño feto se le desprendió la telilla que cubría sus parpados y pudo abrir por primera vez sus enormes y vacilantes ojos, recibió una lección que le marcaría para el resto de sus días. La fría sensación del acero rozando sus inexpertas pupilas vaticinó un futuro imposible de planificar.

El resto de su existencia, Penélope, la viviría al filo de la navaja.


miércoles, 24 de febrero de 2010

Microrrelatos

Alguien como él


Contempló su reflejo en la pantalla vacía del ordenador, se levantó de la silla y caminó despacio hasta la ventana. Los últimos rayos de sol se colaban furtivos por la persiana veneciana, dibujando un traje de rayas en su torso desnudo. Separó dos listones con los dedos y acercó la cabeza para mirar al exterior.
La calle estaba vacía, desolada.
Observó los edificios con detenimiento, parándose en cada ventanal baldío, en cada cortina inerte, en cada terraza desierta, yerma, muerte. Y sin embargo tenía la certeza, estaba seguro que entre aquellas paredes de acero y ladrillo, ocultos tras aquellas cortinas, observando a través de aquellas persianas,

...sabía que tenía que haber alguien, alguien como él.



col-erase y ratonsoph


no se olvide