miércoles, 6 de abril de 2016

Batman vs Superman
De superhéroes y heroínas



     A la entrada del cine me dice mi cuñada la saltimbanqui que Batman no tiene nada que hacer contra Superman.
— Depende —respondo sin argumentos
— Ptch —ríe ella con suficiencia— ¿Un hombre contra un dios? —y abre mucho los ojos mientras alza el mentón y las palmas de las manos en ese gesto que me conozco también y que significa que algo es evidente y que cómo puedo ser tan ignorante para no darme cuenta— No tiene nada que hacer. —remata.
— Bueno, … —la verdad es que aquí se me ocurren infinidad de evidencias para desmontar su argumento, empezando porque Superman no es inmortal y por lo tanto como mucho sería un semidiós y siguiendo por el hecho histórico-filosófico en que el hombre indefectiblemente está condenado a matar a dios, que no deja de ser una creación del propio hombre…
— …Ben Affleck tiene un Oscar. —digo finalmente.
— Tú, tú, …tú estás tonto. —sentencia mi cuñada antes de que se apaguen las luces de la sala.

Ben, the winner


      Durante la proyección de la película, como viene siendo habitual, me quedo dormido. Sueño que mi cuñada es una superheroína en mallas que va de aquí para allá dando saltos sin sentido, cómo si tuviera una cama elástica en los pies. Mientras ella se acerca y aleja de mí con soltura, yo, para ponerme a su nivel, la persigo dando ridículos saltitos de canguro. Cada vez que pasa a mi lado, mi cuñada suelta una palabra que se queda flotando en el aire como una burbuja de jabón.
— Tú —dice en la primera pasada.
— …estás —suelta a continuación.
— TOONNNTO — remacha atronadora, para a continuación alejarse dando un triple mortal carpado con tirabuzón inverso.
     Intento responder, pero de mi boca abierta no salen fonemas sino signos de admiración. Perplejo, no puedo dejar de mirar con pasmo cómo sus pechos, apenas sujetos por un ajustado vestido semitransparente, se balancean enérgica pero armoniosamente durante las acrobacias. Incluso en un par de ocasiones me entusiasmo con la posibilidad de que uno de ellos, o ambos, se liberen de su prisión; es imposible que una tela tan fina sea tan resistente, me digo a mí mismo.
     Un certero codazo en las costillas me saca de mis ensoñaciones.

— Estabas roncando como un cerdo —dice pequeña Penny.
     Por el tono creo adivinar que lo de cerdo lo dice con segundas, estoy convencido de que Penny tiene la capacidad de leerme el pensamiento. Avergonzado, finjo prestar atención a la pantalla e intento retomar el hilo argumental de la película, pero no consigo concentrarme pensando en los senos de mi cuñada. El resto del metraje lo paso excitado, escudriñando la oscuridad con el rabillo del ojo, intentando recuperar en un reflejo, en un breve destello luminoso, aquello que pertenece al mundo de los sueños.


El trío calavera

     Salimos del cine con caras largas. Bueno, todos no, pequeña Penny parece divertida.

— Se te ha quedado un ojo Trueba —me dice jocosa
— Es verdad —confirma mi cuñada—, tienes un ojo mirando pa Cuenca.
— No me extraña —interviene mi cuñado— menudo peñazo, sólo se salva Wonder Woman, aunque para mi gusto está un poco sequita.
— Pues a mí me parece que tiene tipazo. —afirma pequeña Penny
— Ptch —ríe mi cuñada— pero es que en los comics —y gesticula rodeando sus pechos con las manos — no tiene nada que ver —remata.
— ¿Y a ti que te ha parecido? —me pregunta mi cuñado.
— ¡¿Ehh? —respondo totalmente fuera de juego.
— ¿la película?
— Ah, si, …la película. Bueno, … —Quería haber contestado que cómo metáfora de la realidad me parece acertada. Que yo a Superman lo veo como una representación de la dualidad Dios-estado; que a Batman, con sus peroratas interminables y su moralidad intransigente y ese afán de vengar la muerte del padre, lo veo algo así como la representación de la iglesia, de esa iglesia que es más empresa que iglesia; y que Lex Luthor es un claro ejemplo de lo que Noam Chomsky llama la corporación psicópata. Que todos ellos quieren el poder y por tanto van a terminar a tortas y que mientras se pelean se van a cargar a media humanidad sin pestañear y sin importarles un bledo nadie que no sea de sus allegados. También quería contestar que Zack Snyder me satura, que estoy cansado de que me cuenten la muerte de los padres de Batman, que Superman siempre ha sido un soso y Lois Lane una mojigata, que…
— …A mí me ha gustado—digo finalmente.

La Wonder Woman de Adam Huges y Gal Gadot en pantalla.

     Ya en casa, al lavarme los dientes me doy cuenta de que persiste una pequeña desviación en mi ojo derecho. Recuerdo a Cortázar y su hipnótica mirada y pienso que quizá la literatura consista en eso, en escudriñar la vida con el rabillo del ojo, intentando recuperar en un reflejo, en un breve destello luminoso, aquello que pertenece al mundo de los sueños.



lunes, 28 de marzo de 2016

Cangrejada nacional


«Los fachas crecen en Castilla como amapolas, creando un paisaje de falsa belleza, porque en su interior se esconde el opio».
Mariano José de Larra

«Amapooola, lindísimamapoooola».
Alfredo Kraus




     Antiguamente los cangrejos de río eran nacionales. El abuelo, que también era nacional, nunca se perdía una buena cangrejada. Recorría la ciudad de punta a punta con tal de devorar un buen plato de los cangrejos con tomate que preparaba mi madre.

     Además de nacional, el abuelo era calvo, gruñón, estoico y con tembleque, mientras que la abuela, por el contrario, era oronda, lironda, folclórica y estática. No se parecían en nada, y fruto de esa disímil unión nacieron mi padre y mis tías y tíos paternos, aportando cada uno su propia singularidad al coctel genético y consolidando así la tan necesaria evolución de la especie humana. Con el paso del tiempo, ésta evolución degeneró hasta mi persona que, por alguna anomalía en el código heredado, salí respondón.

— No me pienso comer esos bichos, no me gustan.
— No digas tonterías, si no los has probado. — decía mamá.
— No me gustan, nunca van de frente.
— No seas ignorante, chaval. — saltaba el abuelo — Esos son los cangrejos de mar. Los cangrejos de río van de frente como buenos españoles, dando la cara.
— Pues a mí no me gusta su cara.
— Deja de decir bobadas y cómete de una vez los cangrejos. — ordenaba papá.
— Que se los coma el abuelo, que de lo que se come se cría. — Aquí callaban, intentando adivinar el enigma — …A ver si así se vuelve un poco rojo, que es más facha que las amapolas.

     Entonces se montaba la marimorena; el abuelo perdía la compostura, mi madre los nervios, mi padre la prudencia, mis hermanos la fraternidad y yo perdía la valentía desertando como un cobarde del campo de batalla en que se convertía el comedor familiar. En la precipitada huida con suerte acertaba a ver el acangrejamiento del abuelo que, rojo como un tomate, alzaba amenazante las pinzas:
— Me cago en el puto crío de mierda. Ven aquí, que te voy a enseñar yo modales. — y a continuación arremetía contra mis padres — ¿Esta es la educación que le habéis dao? Mano dura es lo que necesita éste país, que no hay más que sinvergüenzas.

      Mi madre, avergonzada, abandonaba el comedor llorando y me perseguía zapatilla en mano por toda la casa hasta que yo conseguía recluirme en el servicio, bastión inexpugnable con cerrojo por dentro.
     Mamá, apostada en la puerta, se quedaba arengando lo mal hijo que era y los castigos que me iba a infligir cuando saliera. En la cocina, el abuelo, ya más calmado, refunfuñaba mientras con la ayuda de mi padre se terminaba sus cangrejos, los míos y los de mis hermanos. Y yo, sentado en la soledad de mi trono independentista, encendía un cigarrillo americano considerando la posibilidad de ser adoptado.
     Mi hermana pequeña remataba la faena; se acercaba despacio hasta la puerta del aseo, llamaba golpeando suavemente con sus pequeños nudillos y gritaba:
— TATO, ABRE, ¡QUE ME CAGO!

     Y es que no hay nada más peligroso para la libertad de conciencia que la inocente colaboración de la necesidad.



Austropotamobius pallipes o cangrejo nacional - fuente Wikipedia.


     Cuando un par de años más tarde los cangrejos de río dejaron de ser nacionales el abuelo se murió, quedando patente que no merecía la pena seguir viviendo en un mundo sin cangrejos y sin Dios.

viernes, 11 de marzo de 2016

Sueño literario



     Despierto con la idea clara de que no soy más que el personaje de un libro. Seguramente, pienso, de un libro de Vila-Matas. A continuación, razono que en realidad todos los personajes de Vila-Matas son el propio Vila-Matas y deduzco que no puedo ser un personaje de Vila-Matas a no ser que sea Vila-Matas, probabilidad a todas luces incierta, dado que no nos parecemos en nada. Confirmo lo anterior mirándome en el espejo del baño y constatando que la cara que se refleja me recuerda a alguien que se parece a mí, pero que definitivamente no es Vila-Matas.
     En esas estoy cuando sin venir a cuento me entran ganas de mear. Mientras lo hago reflexiono sobre si los personajes literarios tienen necesidades fisiológicas que trascienden más allá de las necesidades literarias de sus autores y dudo si mis ganas de mear son propias o inducidas por la trama. Esto último me inquieta, me preocupa el hecho de que mi carrera literaria se limite a mear y morir asesinado víctima de las directrices psicóticas de una joven autora de novelas de misterio sueca (si Alfredo Landa hubiera sabido lo que tienen en la cabeza esas deidades, no habría entonado “¡Que vienen las suecas!” con tanta alegría).
     Volviendo a la trama, creo que me llamaría Bensön o Sven-Ben, o simplemente sería un pobre desgraciado sin nombre que se cruza en el camino del asesino, verdadero protagonista de la historia. Como cadáver literario tampoco sería gran cosa, unos cuantos párrafos para que el investigador de turno se luzca describiendo la absurda posición de un cadáver con los pantalones caídos y la cabeza dentro del retrete, donde la sangre se mezclaría con la orina hasta que alguien compasivo vaciara la cisterna y estropeara la escena del crimen.
     Acongojado, termino de mear y regreso a la seguridad de la cama con la esperanza de ser parte de la obra de un aburrido escritor costumbrista. Me tapo la cara con la manta y escucho los pasos en el pasillo.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Reseña: LAS COLONIAS DEL SISTÉMA SOLAR
Theia
de Luis Ángel Fernandez de Betoño



     Para empezar, tengo que decir que ésta es la primera vez que me aventuro a escribir sobre el trabajo de otra persona, así que, quedáis advertidos y avisadas.






     Bueno, empecemos por el principio. Nunca habría torturado con mis relatos a l@s dos lectores/as que tengo de no ser por Isaac Asimov, un señor con patillas de bandolero y apellido de robot con cagalera (¿por qué no estira las piernas?) de la marca Honda, al que le añadió la v final en homenaje a una afamada serie de reptilianos que se estrenaría varias décadas después de su nacimiento.
No me digais que no parece conspiranoica.
     Tampoco lo habría hecho de no ser por el invento del libro de bolsillo y por la editorial Bruguera, que a base de explotar a sus empleados y no pagar derechos de autor se dedicó a publicar libros como churros a unos precios al alcance de mi demacrado presupuesto infantil. Pero un escritor anacrónico y una editorial avanzada a su tiempo, se confabularon con el universo para que un día, un niño de doce años viera un libro en el kiosco del barrio y decidiera comprarlo. Ese libro era “Fundación e Imperio” de Isaac Asimov, y lo compré pensando que era una novela sobre conspiraciones internacionales. Qué queréis, a mí lo de Fundación me sonaba conspiranoico y yo por aquella época tenía una fijación con el mundo paranormal al que con el paso de los años he conseguido dejar en anormal a secas. El caso es que; tras la decepción inicial al darme cuenta de que era tonto de capirote y que en la portada ponía claramente “Ciencia Ficción” con letras bien gordas; no pude dejar de leer el libro hasta que viendo que no comía, mi madre me amenazó con meterlo en la cazuela y hacer con él una sopa de letras. Me gustó tanto el libro que quise ser Isaac Asimov, igual que antes había querido ser Francisco Ibáñez o Walt Disney, y de esos barros estos lodos, o cómo se diga.


Y vamos con el libro:
 Las Colonias Del Sistema Solar – Theia, de Luis Ángel Fernández de Betoño.

De qué va, pues pongámonos en situación:
Año 2373, la humanidad ha superado una nueva frontera y se expande por el Sistema Solar. Marte, el Cinturón de Asteroides y las lunas de Saturno y Júpiter, han sido colonizados.” “…existe un grupo denominado "Los 10000", que sueña con llegar a Theia, un mundo gemelo de la Tierra, situado a veinte años luz” “…Owen Jeringan, líder de "Los 10000", cree haber encontrado la forma de fabricar un impulsor capaz de alcanzar el aislado planeta. Gracias a un extraño objeto, al que llaman Singularidad. “ “…Para ello, contrata los Servicios de Gael Paulser, un antiguo piloto militar y veterano de la guerra contra Marte, junto con un grupo de incondicionales, tratarán de hacerse con la codiciada Singularidad. Sin embargo, no todos los colonos están de acuerdo, y utilizarán todos los medios a su alcance para impedir los planes de Owen Jeringan.”

Lara, mi personaje favorito.
     Y es a partir de aquí que arranca realmente la novela, con un objeto codiciado y unos personajes que tienen la misión de hacerse con él y otros intentando impedirlo. Un conflicto simple que sirve a Luis Ángel Fdez. de Betoño como excusa para contarnos lo que realmente hace especial a ésta novela; los personajes que la habitan. Entre unas muy bien trazadas tramas de acción espacial solventadas con una prosa e ingenio dignos del mejor Asimov, se van deslizando las vidas de unos personajes que van ganando en complejidad a medida que avanza la acción. Unos personajes que coquetean descaradamente con el lector hasta que te enamoras de ellos como un tierno adolescente de 12 años.




Marcapáginas personalizado, que me perdone el autor.
     Aquí quiero hacer un inciso. Tengo la impresión, subjetiva por supuesto, de que estamos ante una de esas historias donde se produce el milagro. Me refiero a ese momento de la creación donde los personajes se revelan y toman las riendas de la novela, saltándose a la torera todas las líneas rojas previamente diseñadas por el autor y donde a éste sólo le queda seguir a sus creaciones en su aventura descontrolada, con la vana esperanza de que no desbaraten demasiado la trama.

Y finalizando;
     Donde un crítico al uso os diría que estamos ante una ecotopía optimista con ligeros toques distópicos, yo os digo que me la suda. Me importa un comino si el exacerbado SCHADENFREUDE del crítico en cuestión le hace desear que todo esto se vaya directamente a la mierda como única compensación a su desgraciada vida. Prefiero contagiarme del optimismo de Betoño y pensar que hay esperanza para la humanidad, aunque ésta sea imperfecta. Igual que quiero pensar que hay esperanza para la literatura y para un libro que, aunque no sea perfecto, me ha devuelto a mis doce años y ha despertado en mi la férrea voluntad de convertirme en Luis Ángel Fernández de Betoño o en alguno de sus personajes.

  Podeis comprar el libro aquí.


miércoles, 10 de febrero de 2016

Como dejar de fumar y perecer en el intento


  He dejado de fumar por asalto facultativo*. Desde entonces me siento raro, no logro concentrarme y no consigo escribir con coherencia. Como en estas condiciones es imposible que de mi esfuerzo salga nada productivo, he acudido a un amigo para que ejerza de cronista y transcriba por mí los acontecimientos. El relato que viene a continuación es el resultado de esta inusitada y excéntrica colaboración.

*  Ver “La deriva Schopenhauer”


Día 1

Sin noticias de Marlboro


02:00 h.
      Despierto sobresaltado, de muy mal humor y con unas ganas locas de fumar un cigarrillo. Voy a la cocina y bebo un vaso de agua.

02:02 h.

     Me pregunto porqué bebo agua si lo que necesito es un cigarro. Obtengo la callada por respuesta. Bebo otro vaso de agua intentando desviar la atención.

02:10 h.
     Se me acaba el agua embotellada, pero no las ganas de fumar. Empiezo a beber agua del grifo

02:25 h.
     Tras haber bebido unos 10.500 cl. de agua, el equivalente a siete botellas de litro y medio, llego a la conclusión empírica de que beber agua, no sólo no quita las ganas de fumar, sino que produce incontinencia urinaria.

02:26 h.
     Corro al aseo con intención de evacuar el exceso de líquido acumulado. Mientras lo hago, me entretengo contando los azulejos de la pared.

02:27 h.
     Evacuo el exceso de líquido. En la pared frontal desde el punto de vista de evacuación en erguido de un varón de la especie humana: 137 azulejos.

02:29 h.
     En la pared lateral izquierda: 340 azulejos. Termino de vaciar la vejiga. Procedo a maniobras de salpicado.

02:30 h.
     Falsa alarma. Continúo el proceso de desalojo de los conductos urinarios. Intento reconducir el chorro a su destino y no a los alrededores como hasta ahora. En la pared derecha cuento 367 azulejos, de los cuales 39 corresponden al alicatado de la bañera.

02:32 h.
     Creo recordar que tengo una cajetilla de Marlboro en un bolsillo de la americana de invierno, salgo en su busca. Termino de evacuar en el trayecto del baño a la habitación, mayormente en mis propias piernas.

02:37 h.
     Resultado del registro a los bolsillos de la americana de invierno: 2 bolígrafos bic cristal negro, un lapicero Col-erase azul, una pequeña libreta para notas, un sugus de piña, varios pañuelos de papel usados, un roto por el que me entran dos dedos. Me como el sugus y vuelvo a guardar lo demás. Puede que el Marlboro esté en la americana de entretiempo.

02:39 h.
     Registro la americana de entretiempo: 2 bolígrafos Bic cristal negro, un lapicero col-erase verde, una libreta de notas, un sugus de fresa, que me como, y un roto por el que me entra toda la mano.

02:41 h.
     Registro la americana de verano con idénticos resultados, salvo por el color del lápiz, el sabor del sugus y el tamaño del roto.

02:53 h.
     Registro todos los bolsillos, bolsos de mano, bandoleras, mochilas y mariconeras de todas las prendas que tengo. Resultado: dos armarios vacíos, un montón de ropa encima de la cama y la boca llena de sugus de distintos sabores, la mayoría con el papel incluido. Conclusión empírica: los sugus dan sed y no aplacan las ganas de fumar.

03:00 h.
     Registro los cajones de la mesilla de noche, mesa de trabajo, taquillón de entrada, aparador, mueble bar, armarios de cocina, cajones de cubiertos, armarios de baño, muebles del salón, etc.

03:10 h.
     Llamo por teléfono a la policía y denuncio que han entrado en casa a robar dejándolo todo hecho un desastre.

03:15 h.
     Llamo por teléfono al trabajo para ver si me pueden dar un par de días de descanso por robo. No contestan.

03:20 h.
     Llamo por teléfono al trabajo para pedir una semana de vacaciones. No contestan.

03:23 h.
     Llamo por teléfono al trabajo para exigir mi mes de vacaciones. Me contesta el servicio de seguridad. A mi pregunta de si es el servicio de seguridad al completo o sólo una parte del mismo, me manda a un sitio poco decoroso y me da cita con el Jefe de personal a las 08:30 horas en el departamento de recursos Humanos, C/ del doctor Sugrañes, s/n, oficina P – despacho 2.

03:30 h.
     Llamo por teléfono a pequeña Penny para que vaya haciendo las maletas. Me dice la hora, me manda a un sitio poco decoroso y cuelga.

03:40 h.
     Se personan en mi domicilio un par de individuos que se identifican como los agentes Vázquez y Flores, del cuerpo nacional de policía. Los retengo en la puerta con la escusa de una urgencia renal y me visto con lo primero que encuentro: Unas botas de pescar de caña alta, una rebeca de ganchillo sin mangas y una falda hawaiana con flores de papel. Como lo encuentro poco sobrio, remato el atuendo con la boina falangista del abuelo.

03:50 h.
     Recibo a los agentes que, tras una leve inspección ocular del piso y otra más detallada de mi persona, preguntan si he echado en falta algún objeto de valor. Respuesta: un maletín de piel con ochocientos millones de euros en billetes de quinientos y un cartón de Marlboro. A la pregunta por la procedencia del dinero, respondo que tengo un cuñado tesorero.

03:55 h.
     Los agentes me piden que los acompañe a comisaría para formalizar la denuncia por escrito. Como parece que refresca, añado a mi indumentaria una estola de piel de conejo y los sigo hasta el vehículo oficial. ¿No tendrán un cigarrito? Ninguno de los agentes fuma.

04:20 h.
     Llegamos a la comisaría de la calle Gerona, me acompañan a una estancia llena de máquinas de escribir antiguas que parece el museo Olivetti. Un individuo con cara de sueño entra en la sala y se sienta frente a una de las máquinas, coloca en el carro tres folios intercalados con hojas de papel carbón y me pregunta el nombre. Cuando le veo aporrear el teclado con el dedo índice de cada mano deduzco que me espera una larga noche. Le pido un cigarrillo. Ni fuma ni está permitido fumar en las dependencias.

07:00 h.
     Salgo de comisaría. Las horas que son, casi que me voy a Recursos Humanos dando un paseo y si eso desayuno algo frugal por el camino.

07:15 h.
     Al ver a un hombre tan elegante caminando por la zona industrial, las personas que se dirigen en sus vehículos al trabajo deceleran la marcha sorprendidos. Los más lanzados, incluso bajan la ventanilla para practicar esa costumbre tan española: el piropo malsonante.

07:25 h.
     Me entra el fervor marca España y entro en la primera cafetería que encuentro abierta. Pido café con leche, dos docenas de churros, pincho de tortilla y copita de anís del mono.

07:45 h.
     Habiendo dado buena cuenta del desayuno, observo que aún es pronto y pido algo para hacer tiempo: una de patatas bravas, unos torreznillos, un bocadillo de calamares, una ración de oreja y una jarra de sangría.

08:02 h.
     Se me acerca un parroquiano.

08:03 h.
     Se escora a la izquierda.

08:04 h.
     Se escora a la derecha.

08:05 h.
     Retrocede.

08:07 h.
     Frena, endereza y acelera hacia mi persona.

08:08 h.
     Se pasa de frenada, tropieza, trastabilla, oscila, gira en redondo, fluctúa con gracia, se abalanza contra la mesa, se aferra a la misma, sonríe victorioso pero asimétrico, apunta los flancos traseros hacia una silla vacía y se deja caer con estudiada templanza.

08:12 h.
     Encandilado por mis encantos naturales, se ofrece a invitarme a grito pelado. Acepto la invitación y aprovecho para ausentarme alegando una urgencia renal.

08:15 h.
     Abandono el local y dejo a mi conquista vomitando sobre la mesa. Dudo si regresar a sus brazos, porque la verdad, le he cogido cariño. Pero el deber me llama, el corazón tendrá que esperar.

08:30 h.
     Llego a mi cita con exquisita puntualidad británica.

08:45 h.
     Arturo, el jefe de personal, es un tío majísimo. Me ha regalado un libro de autoayuda y me ha dicho que no me preocupe, “tómese todo el tiempo que necesite, no tenga prisa por volver”, han sido sus palabras exactas. Da gusto trabajar para una empresa donde reconocen tu valía.



martes, 9 de febrero de 2016

Como dejar de fumar y perecer en el intento.
Día 2

...viene de Cómo dejar de fumar y perecer en el intento 1

Sin noticias de Penny


10:30 h.
     Estoy tumbado en la playa tomándome un mojito. Esto es el paraíso; cielo despejado; temperatura, 28 grados centígrados; humedad relativa, 57 por ciento; vientos flojos de componente sur; estado de la mar, espléndida. Mientras pequeña Penny me embadurna con aceite solar factor 30, empiezo a leer el libro que me ha regalado el jefe de personal:
“EMPRENDEDOR POR FUERZA MAYOR, Aprende a montar tu propia empresa con la liquidación por despido, paso a paso”
No se como esto me va a ayudar a sobrellevar mi adicción al tabaco. A los jefes de personal no hay quien los entienda.

13:00 h.

     Me he quedado dormido. No veo a pequeña Penny por ningún sitio, habrá regresado al hotel aburrida de oírme roncar. Temperatura, 35 grados centígrados; humedad relativa, 69 por ciento; vientos flojos de componente sur; estado de la mar, bulliciosa. Parece que la ausencia de nicotina me está empezando a afectar en forma de picor de espalda.

13:45 h.

     Sin noticias de Penny. La espalda comienza a escocerme. Decido regresar a la habitación del hotel, necesito una ducha bien fría y un Marlboro. Temperatura, 43 grados centígrados; humedad relativa, 97 por ciento; vientos inexistentes; estado de la mar, desenfocada.

13:50 h.
     En la habitación no hay rastro de Pequeña Penny ni de sus cosas, voy a bajar a recepción a ver si saben algo o me prestan un cigarrillo.
La espalda me arde, literalmente.

13:51 h.
     Un empleado del hotel me rocía encima todo el contenido de un extintor. No contento con eso, me golpea con el continente hasta apagar las llamas.
Antes de perder el conocimiento consigo pedirle un pitillo. Me responde con otro golpe.

14:15 h.
     Recupero el conocimiento en una ambulancia que circula a toda velocidad por la Avenida Diagonal Mendoza. El ¡niino, niiinoo! de la sirena se mezcla con un ¡tilín, tilín! ¡Uuuuh, uuuuh! hasta que ambos convergen en un ¡crash! y todo se vuelve patas arriba.

14:30 h.
     Me salgo del cuerpo, empiezo a ascender y tropiezo con el culo de una ATS que también se ha salido de su cuerpo. Me disculpo.

14:31 h.
     Intento apartarme, como aún no domino las técnicas de vuelo incorpóreo, me limito a rebotar una y otra vez con mi cabeza contra el trasero de la sanitaria. Me disculpo repetidamente.

14:35 h.
     La enfermera corresponde a mis disculpas con insultos variados y algún que otro improperio irreproducible. Consigo desembarazarme y huyo lo mejor que puedo

14:36 h.
     Tropiezo con el chofer de la ambulancia.

14:37 h.
     Tropiezo con un camillero.

14:38 h.
     Tropiezo con una viejecita con cachaba.

14:39 h.
     Tropiezo con el cuerpo de bomberos. Debido a la alta densidad de entes incorpóreos, me resulta algo complicado establecer una ruta de vuelo y opto por el vuelo del grajo cuando hace un frío del carajo.

14:40 h.
     Me arrolla un coche patrulla.

14:41 h.
     Me arrolla una moto de Tele-Pizza.

14:41 h.
     Me arrolla una moto de reparto del restaurante chino Ku-lo loto.

14:41 h.
     Me arrolla una moto de reparto del Kebab Ke va, yo leo a Kierkegaard.

14:42 h.
     Me arrolla una bici con sidecar.

14:45 h.
     Debido a la alta densidad del tráfico, decido regresar a las alturas, ya más despejadas ahora que la mayoría de entes han regresado a sus cuerpos físicos. Aprovecho la buena visibilidad que da la vista de pájaro para localizar el mío (el cuerpo), por si lo necesito más adelante (al pájaro). Lo encuentro entre un amasijo de hierros, rodeado de personas con chalecos reflectantes que tiran bruscamente de mis extremidades. Una de ellas parece conseguir su propósito al arrancarme un brazo. Se miran unos a otros negando con la cabeza. Al final se apartan para dejar paso a un bombero con una radial en las manos.

En vista de la escabechina, decido que mi cuerpo no va a servirme de gran cosa y que lo mejor es que vaya buscándome otro que esté en mejores condiciones.


martes, 15 de diciembre de 2015

lunes, 23 de noviembre de 2015

lunes, 9 de noviembre de 2015

In DESMEMORIAM


Se me ha olvidado tu apellido.
No soy capaz de recordar el sonido tu voz
el sabor de tu sexo,
tus caricias,
tus besos
¿donde estarán tus besos?
perdidos
como el tiempo.

Ya apenas puedo acordarme de ti
pero no puedo olvidarme de tu tristeza
y de tus versos


viernes, 30 de octubre de 2015

Frases poco hechas
Los límites de la Física

  Corría más deprisa que la luz para escapar de su sombra y se dio de bruces con la imperturbable Relatividad.

El Laboratorio de Ciencias

      La puerta del laboratorio de ciencias siempre permanecía cerrada. Como nadie recordara haberla visto abierta, sospechábamos que tras ella sucedían cosas terribles. Con el paso del tiempo, dedujimos que era allí donde ocultaban los cadáveres.




      Un día, Reverte trajo unos cigarrillos holandeses que le había afanado a su padre y nos invitó a fumar en el recreo. Entonces nos contó de una vez que consiguió asomarse a hurtadillas al laboratorio, descubriendo a un grupo de profesores que infringían todo tipo de atrocidades al cuerpo inerte de un crío de nuestra edad. Aberraciones inhumanas, dijo con regocijo, y a todos nos entró el canguelo, porque las aberraciones inhumanas daban mucho canguelo, aunque no tuviéramos ni idea de lo que eran. En el debate que se suscitó a continuación, Camilo nos explicó que aberraciones era dar por culo, que su madre se lo decía a su padre. Y que por eso sus padres estaban condenados al infierno sin readmisión.

—Remisión— corrigió Bergamín.
—Chorradas— dijo Camilo —¿Cómo se va a remitir nada desde el infierno?
—Pues al infierno se va sin remisión de toda la vida de Dios— replicó Bergamín —, eso lo saben hasta los negros.
Lo que suscitó una nueva polémica entre la lógica popular y la tradición cristiana en la que estuvimos enfrascados hasta la hora de volver a clase de Geografía e Historia.

      Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en la clase y decidí seguirme a cierta distancia, pues no quería que mi cuerpo hiciera algo de lo que luego tuviera que arrepentirme.

Al entrar en clase, el padre Moratinos mandó salir al encerado a Federico García y comenzó a dictar:

“Antiguamente, la gente era muy aficionada a perder la cabeza. Se montaba una revolución y todos perdían la cabeza, hasta los locos……”
A continuación, se levantó de la mesa, agarró a Federico por detrás y bajándole los pantalones hasta los tobillos, comenzó a practicar con el todo tipo de aberraciones. Ante mi asombro, el resto de mis compañeros, incluido yo mismo, continuamos escribiendo en nuestros cuadernos
“…Esta propensión insensata fue patentada en su día por un avispado francés y acogida como la última novedad del salón de las nuevas tecnologías por el resto.”
Comprendí que estaba sufriendo una alucinación y cerré los ojos con fuerza. Intenté taparme los oídos, pero mis manos no dejaron de escribir la cantinela del padre:
“…En poco tiempo, toda Corte que se preciara, disponía de mecanismos ingeniosos para descabezar a sus súbditos…”
Al abrir los ojos las cosas habían empeorado. Los padres de Camilo se habían incorporado al cuadro y practicaban aberraciones sobre la mesa del profesor. El propio Camilo, de pie junto a sus padres, tomó el relevo al padre Moratinos en las labores de dictado:
“…y los Raymonetes de turno recorrían las distintas ejecuciones públicas dando por el culo a los reos como cobro del canon capital…”
Mis compañeros, que en fila de a uno esperaban su turno con los pantalones bajados, cantaron a coro:
“del latín caput, capitis. ¿Entiendes?”
Entonces mi cuerpo se levantó, se arrancó la cabeza, la depositó sobre el pupitre y se incorporó a la fila mientras se bajaba los pantalones. Mi cabeza quedó contemplando el reverso de Reverte, cuya cicatriz-boca continuó el dictado:
“..De alguna manera sibilina, esta costumbre se incorporó al código genético de las madres de la raza humana,…”
Mientras hablaba, la cara b de Reverte se iba transformando en su madre. Los labios cicatriz mudaban carnosos y llenos de sensualidad, las cuencas vacías se colmaban de miradas traviesas y azules que jugaban al escondite tras una cortina de pestañas...
“…que generación tras generación, siguen utilizando el golpe en la cabeza para corregir las actividades díscolas de su progenie,”
Y me arreaba un bofetón, para a continuación arroparme entre sus brazos y acercándome a sus pechos desnudos, introducir un rosado y erecto pezón entre mis labios, amamantando así mi excitación. Excitación que, con el rabillo del ojo, pude ver como se reflejaba en mi cuerpo en forma de una indiscreta erección en el momento justo en que el padre Moratinos se disponía a aberrarme.
“dejando para la Santa Madre Iglesia, la ingrata tarea que supone ocuparse del canon.”
Empecé a notar su miembro y grité. Me soltó otro bofetón y empezó a zarandearme con fuerza.
—Tío, que se te ha ido la olla— Reverte me agitaba preocupado desde su cara buena —¡Jooder, Kojak! Te has cagado encima.— Y salió corriendo.

Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en clase. Esta vez decidí no seguirme, entonces, mi cuerpo se frenó en seco y regresó con desgana a este lado inmundo de la realidad.

      A Reverte lo expulsaron por llamar perfecto mierda al padre Moratinos en clase de Geografía e Historia, y no lo volvimos a ver. Entre los compañeros empezó a circular el rumor de que lo habían fusilado en la tapia del patio, para luego esconder el cuerpo en el laboratorio.




sábado, 10 de octubre de 2015

La deriva Shopenhauer


“El toro no embiste porque tiene cuernos, tiene cuernos porque quiere embestir”
Arthur Schopenhauer

“Por más que intentes atravesar la pared, la puerta no se va a mover del sitio”
Mamá Bolkoien


“Me duele la boca de abrirla”
Pequeña Penny

Que vida triste la mía,
preso en de la dispersión,
cojo el tren en una vía
y me voy por peteneras
¡Madre de mi corazón!
y me voy por peteneras.

Ben el binagre



      Con 12 años cayó en mis manos “Sobre la voluntad en la naturaleza” de Schopenhauer. Y me lo creí, me lo creí tanto que decidí ponerlo en práctica.
      Si un toro podía conseguir que le crecieran los cuernos, seguro que yo también podía conseguir que me crecieran, no los cuernos que me parecían una incomodidad a la hora de rematar de cabeza, pero sí un par de enormes alas de águila, con sus largas plumas de ala ancha y no esa mierda de algodón de los angelitos.
      Con esa intención me encerré en la habitación, me senté cómodamente en la cama, cerré los ojos y empecé a imaginar que me nacían dos bultitos en la espalda, a la altura de los omoplatos. Poco a poco, esas pequeñas protuberancias iban desarrollándose, creciendo, hasta convertirse en dos hermosos pechos de mujer. Por extraño que parezca, los pechos, si bien habían nacido en la espalda, ahora estaban perfectamente ubicados en su sitio, incorporados a mi anatomía con naturalidad y proporcionando a mi cuerpo un aspecto distinto, turbador.
      Abrí los ojos entre confundido y excitado y comprobé, tanto con alivio como con pesar que no me habían crecido ni pechos de mujer ni alas de águila. Sin embargo, en compensación, me había crecido otra parte del cuerpo.
      El resto del verano lo pasé recluido en mi cuarto en un estado de meditación profunda del que sólo salía con desgana para ir al baño y comer algo.
      Mi madre empezó a inquietarse. En las comidas se quedaba mirando fijamente mis ojeras y decía —Tu no estas bien. — y a continuación a mi padre —Este chico no está bien. —con lo que yo daba por terminada la comida y me levantaba de la mesa a lo que respondía la autoridad de mi padre.
      — ¿Donde te crees que vas? siéntate en tu sitio y haz caso a tu madre.
      Entonces yo me volvía a sentar, mi madre me miraba fijamente a las ojeras y decía—Tu no estas bien. —y a continuación a mi padre— Este chico no está bien.
      Un día vino un señor a casa y me preguntó qué hacía tantas horas encerrado en la habitación. Cuando le respondí que intentaba volar miró a mi madre con preocupación.
      —Lo ve, si ya le decía yo que no estaba bien. —Sentenció mi madre.
      Me internaron en un centro de rehabilitación para toxicómanos en el que me obligaban a creer en Dios y en la restauración de muebles usados, indistintamente.
      Y así, entre Toretes y Vaquillas reconvertidos a monaguillos bricomaniacos, fui perdiendo las ojeras junto con la fe en Schopenhauer y en la humanidad, indistintamente, sustituyéndolos por un incipiente bigotito y un paquete de Malboro, del que ya no he sabido separarme.
. . . . . . . . . . .

      Acompaño a Pequeña Penny al Centro de Salud para una revisión rutinaria. Aburrido de esperar, aprovecho que nadie acude a la llamada de un paciente por megafonía y me cuelo en la consulta. La doctora, una señora de mediana estatura para su mediana edad, ni guapa ni fea, se acerca a las gafas bifocales unos informes que deben pertenecer a la paciente ausente.
      —Siéntese, Doña Aurora, —dice sin levantar la vista de los informes— a ver, ¿que es lo que le pasa?
      —Que no me encuentro el punto G—digo yo, por entablar conversación.
      La doctora levanta la cabeza y me mira fijamente con el ceño fruncido. Yo empiezo a recular en el asiento, analizando las vías de escape.
      — ¿Usted fuma? —dice por fin
      —Un paquete de Malboro, —respondo precipitado. — desde los doce años.
      —Pues eso se ha terminado, no ve como tiene de irritada la voz, que parece un camionero.— comienza a teclear en el ordenador— Le voy a hacer un volante para que le hagan unas placas de la garganta y en una semana me vuelve usted a ver. —aprieta una tecla que hace que la impresora escupa las hojas con las citaciones— Y mientras tanto ni un cigarrillo.
      Me entrega el volante y cuando ya iba a salir por la puerta me llama
      — ¿No se olvida Usted de algo?
      Me paro junto a la puerta y me vuelvo, indeciso.
      —Ya está dejando su paquete de Malboro encima de la mesa— dice, y tras una inquisitorial pausa — y desnúdese.
      Abandono la consulta justo a tiempo de ver como Pequeña Penny sale por la puerta adyacente. Avanzo a su encuentro.
      — ¿Todo bien? —pregunto disimulando.
      — Bien, —responde— ¿y tu, como tienes esa cara?—me mira intranquila— ¿te pasa algo?
      —Es que a mí estos sitios me ponen enfermo. —vuelvo a disimular— Vamos, te invito a desayunar.
      Una vez en la calle, observo por una de las ventanas a la Doctora de mediana edad, recostada en su sillón con los pies descalzos encima de la mesa. Tiene el pelo alborotado y la bata desabotonada deja entrever un cuerpo bien cuidado. Desde éste lado de la cristalera resulta terriblemente atractiva. En sus manos, la cajetilla de Malboro de la que saca un cigarrillo y lo coloca con suavidad clínica entre sus labios. Lo prende y da una profunda calada para luego, con placer, dejar escapar el humo por las comisuras de su sonrisa.
      Pequeña Penny me da una colleja. —¿Que haces?
      —He decidido dejar de fumar. —respondo— Es que el tabaco se ha puesto por las nubes.
. . . . . . . . . . .

     Al regresar del centro de rehabilitación me encontré con mi amigo Lolo. Tras escuchar mi historia se me quedó mirando pensativo, parecía mantener una lucha interior. Al final debieron triunfar las fuerzas del bando de la pena ajena, porque echándome un brazo por encima de los hombros, me condujo hasta una esquina
      — Mira, te voy a contar el secreto de mi familia, pero tienes que jurarme que no se lo contarás a nadie.
      — Lo juro por lo mas sagrado —dije yo, siguiendo el convencionalismo aceptado.
     Lolo me miró fijamente a los ojos. Yo mantuve la mirada de la manera mas sincera que supe. Tras unos segundos que se me hicieron eternos Lolo se decidió a hablar.
      — Nos colgamos un ladrillo.
      — ¿Cómo que nos colgamos un ladrillo?
      — Pues eso, que nos atamos una cuerda a la chorra y ponemos un ladrillo de contrapeso. Por eso la tenemos tan grande.
      — Y a mí que me importa cómo la tengáis en tu casa.
      — Oye, que has sido tú el que me ha venido llorando que no conseguías que te creciera.
      — ¡Joder! Lolo, es que no te enteras de nada.
      — ¡Ah!, y tú sí. Por eso te han ingresado en un centro de retrasados.
      — De rehabilitación, imbécil.
      — Pues eso, de imbéciles con la picha corta. Tú y el Chopenagüer ese.

     Llegué a casa triunfal, con la nariz rota y el labio partido, pero triunfal. Mi madre se me quedó mirando fijamente, dio media vuelta y se alejó murmurando por los pasillos de la casa.
      — Este chico no está bien, no, no está bien.
     Atravesé el umbral y respiré profundamente el aroma del hogar, apestaba a coliflor recién hervida. Para evitar el vómito, encendí un cigarrillo y me lo coloqué en un lateral de la boca, estilo Travolta.
      — ¡Mamáaa! —grité mientras avanzaba con magullada chulería por el pasillo— ¿Tenemos ladrillos?



jueves, 4 de julio de 2013

yo no soy yo

      De pequeño yo no era yo, era mi hermano mayor. Jugaba con los juguetes de mi hermano, vestía su ropa, terminaba sus álbumes de cromos y veía sus series de televisión favoritas.
      Pronto, la confusión empezó a extenderse por el barrio hasta un momento en que todos me llamaban por el nombre de mi hermano. Así, debido a escuchar la misma mentira una y otra vez, la idea fue calándome las amígdalas, como el chirimiri, hasta que un día el vecino del primero, cortándome el pelo a navaja, le rebanó una oreja a mi hermano y éste empezó a desangrarse en el piso de arriba, con el consiguiente alboroto familiar.

      Se tuvieron que llevar a mi hermano roto a la casa de socorro donde le cosieron el trozo de oreja desprendido. Una vez recompuesto, regresó a casa siendo otra vez uno e indivisible, aunque por su aspecto parecía habérsele independizado una parte de la cara.

      A la hora de la merienda el vecino rebanador preparó para mi hermano una rebanada de Nocilla y cuando yo le pedí a mi madre una igual, me untó con Tulicrem un chusco de pan. <<— ¡Esto no es Nocilla!—>>, dije. <<— ¡Ni tu eres tu hermano!—dijo ella. —Si quieres Nocilla tienes que dejar que te corten las dos orejas y el rabo. >>

      Salí a la calle con ganas de cornear a alguien, tiré el chusco de pan a un tejado y con el dinero que acababa de sisar del monedero de mi madre, compré un vaso de Nocilla y un riche en la tienda de ultramarinos de la esquina. Me los comí enteritos mientras me cosía las heridas y recuperaba así la identidad perdida. Sin embargo, el remordimiento y la culpa sobrevinieron a la autodeterminación en forma de un soberano dolor de muelas que no ha dejado de perseguirme hasta nuestros días.

      Desde entonces, cada vez que necesito autoafirmarme recurro a la Nocilla y al Rhodogil. Me preparo un bocadillo generoso de la primera y mientras lo como, voy reconstruyéndome como individuo, remendando los jirones de la vida. Que dirán ustedes que como terapia es una tontería, pero a mi me funciona y me ahorro un dineral en psicoanalistas, que por otro lado, gasto compulsivamente en medicamentos para el remordimiento de muelas.

. . . . . . . . . . .

24 de junio

      Ayer volvieron a confundirme con un famoso que no soy yo, pero lejos de despejar el error, permití que me invitaran a la cena y firmé en el libro de honor del establecimiento, asumiendo con naturalidad la personalidad del otro.
      Al llegar a casa me preparé con urgencia un bocadillo de nocilla que comí sin hambre pero con avidez. Con el último bocado descubrí que seguía sin ser yo. Es más, el sillón en el que estaba sentado no era mi sillón, el salón no era mi salón, la cocina no era mi cocina, y el tarro de Nocilla era de Nutella. Mientras contemplaba perplejo aquel envase de crema de cacao con avellanas, una mujer que no era la mía se me acercó por la espalda y acariciando con sus labios el lóbulo de mi oreja susurró <<— ¿Que le pasa a mi niño? ¿Ya te han vuelto a confundir con ese escritor de medio pelo?>> Aturdido, dejé que me arrastrara a su dormitorio, que no era el mío, donde ha pasado la noche practicando toda suerte de perversiones sexuales imaginables con mi cuerpo, que ahora resulta que comparando proporciones y capacidades, tampoco debe ser el mío.



01 de julio

      Ha pasado una semana desde que no soy yo. He concedido tres entrevistas inventadas por las que he sido felicitado por todos y estoy profundizando en la relación con mi nueva mujer.


03 de julio

      Definitivamente, creo que me voy a pasar a la Nutella, prefiero ser el original de otro que un sucedáneo de mí mismo.

Psdta.: Creo que me estoy enamorando.



04 de julio

      He bajado al híper a comprar un tarro de Nutella y al ver el envase de Nocilla original no he podido evitar abrir la tapa y meter el dedo delante de la cámara de seguridad. Como el vigilante no se creía que yo fuera quien decía ser, he tenido que dar los datos de mi hermano para que me dejaran marchar, pero antes me han obligado a pagar el tarro de Nocilla.
      Ahora estoy en el sillón de mi salón, frente a un tarro de Nocilla vacío, con un terrible remordimiento de muelas y una acusada nostalgia de no ser yo.

      ¡Me cago en la puta nostalgia!



Yo en version Tulicrem entre dos trozos de pan


no se olvide