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miércoles, 6 de abril de 2016

Batman vs Superman
De superhéroes y heroínas



     A la entrada del cine me dice mi cuñada la saltimbanqui que Batman no tiene nada que hacer contra Superman.
— Depende —respondo sin argumentos
— Ptch —ríe ella con suficiencia— ¿Un hombre contra un dios? —y abre mucho los ojos mientras alza el mentón y las palmas de las manos en ese gesto que me conozco tan bien y que significa que algo es evidente y que cómo puedo ser tan ignorante para no darme cuenta— No tiene nada que hacer. —remata.
— Bueno, … —la verdad es que aquí se me ocurren infinidad de evidencias para desmontar su argumento, empezando porque Superman no es inmortal y por lo tanto como mucho sería un semidiós y siguiendo por el hecho histórico-filosófico en que el hombre indefectiblemente está condenado a matar a dios, que no deja de ser una creación del propio hombre…
— …Ben Affleck tiene un Oscar. —digo finalmente.
— Tú, tú, …tú estás tonto. —sentencia mi cuñada antes de que se apaguen las luces de la sala.

Ben, the winner


      Durante la proyección de la película, como viene siendo habitual, me quedo dormido. Sueño que mi cuñada es una superheroína en mallas que va de aquí para allá dando saltos sin sentido, cómo si tuviera una cama elástica en los pies. Mientras ella se acerca y aleja de mí con soltura, yo, para ponerme a su nivel, la persigo dando ridículos saltitos de canguro. Cada vez que pasa a mi lado, mi cuñada suelta una palabra que se queda flotando en el aire como una burbuja de jabón.
— Tú —dice en la primera pasada.
— …estás —suelta a continuación.
— TOONNNTO — remacha atronadora, para a continuación alejarse dando un triple mortal carpado con tirabuzón inverso.
     Intento responder, pero de mi boca abierta no salen fonemas sino signos de admiración. Perplejo, no puedo dejar de mirar con pasmo cómo sus pechos, apenas sujetos por un ajustado vestido semitransparente, se balancean enérgica pero armoniosamente durante las acrobacias. Incluso en un par de ocasiones me entusiasmo con la posibilidad de que uno de ellos, o ambos, se liberen de su prisión; es imposible que una tela tan fina sea tan resistente, me digo a mí mismo.
     Un certero codazo en las costillas me saca de mis ensoñaciones.

— Estabas roncando como un cerdo —dice pequeña Penny.
     Por el tono creo adivinar que lo de cerdo lo dice con segundas, estoy convencido de que Penny tiene la capacidad de leerme el pensamiento. Avergonzado, finjo prestar atención a la pantalla e intento retomar el hilo argumental de la película, pero no consigo concentrarme pensando en los senos de mi cuñada. El resto del metraje lo paso excitado, escudriñando la oscuridad con el rabillo del ojo, intentando recuperar en un reflejo, en un breve destello luminoso, aquello que pertenece al mundo de los sueños.


El trío calavera

     Salimos del cine con caras largas. Bueno, todos no, pequeña Penny parece divertida.

— Se te ha quedado un ojo Trueba —me dice jocosa
— Es verdad —confirma mi cuñada—, tienes un ojo mirando pa Cuenca.
— No me extraña —interviene mi cuñado— menudo peñazo, sólo se salva Wonder Woman, aunque para mi gusto está un poco sequita.
— Pues a mí me parece que tiene tipazo. —afirma pequeña Penny
— Ptch —ríe mi cuñada— pero es que en los comics —y gesticula rodeando sus pechos con las manos — no tiene nada que ver —remata.
— ¿Y a ti que te ha parecido? —me pregunta mi cuñado.
— ¡¿Ehh? —respondo totalmente fuera de juego.
— ¿la película?
— Ah, si, …la película. Bueno, … —Quería haber contestado que cómo metáfora de la realidad me parece acertada. Que yo a Superman lo veo como una representación de la dualidad Dios-estado; que a Batman, con sus peroratas interminables y su moralidad intransigente y ese afán de vengar la muerte del padre, lo veo algo así como la representación de la iglesia, de esa iglesia que es más empresa que iglesia; y que Lex Luthor es un claro ejemplo de lo que Noam Chomsky llama la corporación psicópata. Que todos ellos quieren el poder y por tanto van a terminar a tortas y que mientras se pelean se van a cargar a media humanidad sin pestañear y sin importarles un bledo nadie que no sea de sus allegados. También quería contestar que Zack Snyder me satura, que estoy cansado de que me cuenten la muerte de los padres de Batman, que Superman siempre ha sido un soso y Lois Lane una mojigata, que…
— …A mí me ha gustado—digo finalmente.

La Wonder Woman de Adam Huges y Gal Gadot en pantalla.

     Ya en casa, al lavarme los dientes me doy cuenta de que persiste una pequeña desviación en mi ojo derecho. Recuerdo a Cortázar y su hipnótica mirada y pienso que quizá la literatura consista en eso, en escudriñar la vida con el rabillo del ojo, intentando recuperar en un reflejo, en un breve destello luminoso, aquello que pertenece al mundo de los sueños.



lunes, 28 de marzo de 2016

Cangrejada nacional


«Los fachas crecen en Castilla como amapolas, creando un paisaje de falsa belleza, porque en su interior se esconde el opio».
Mariano José de Larra

«Amapooola, lindísimamapoooola».
Alfredo Kraus




     Antiguamente los cangrejos de río eran nacionales. El abuelo, que también era nacional, nunca se perdía una buena cangrejada. Recorría la ciudad de punta a punta con tal de devorar un buen plato de los cangrejos con tomate que preparaba mi madre.

     Además de nacional, el abuelo era calvo, gruñón, estoico y con tembleque, mientras que la abuela, por el contrario, era oronda, lironda, folclórica y estática. No se parecían en nada, y fruto de esa disímil unión nacieron mi padre y mis tías y tíos paternos, aportando cada uno su propia singularidad al coctel genético y consolidando así la tan necesaria evolución de la especie humana. Con el paso del tiempo, ésta evolución degeneró hasta mi persona que, por alguna anomalía en el código heredado, salí respondón.

— No me pienso comer esos bichos, no me gustan.
— No digas tonterías, si no los has probado. — decía mamá.
— No me gustan, nunca van de frente.
— No seas ignorante, chaval. — saltaba el abuelo — Esos son los cangrejos de mar. Los cangrejos de río van de frente como buenos españoles, dando la cara.
— Pues a mí no me gusta su cara.
— Deja de decir bobadas y cómete de una vez los cangrejos. — ordenaba papá.
— Que se los coma el abuelo, que de lo que se come se cría. — Aquí callaban, intentando adivinar el enigma — …A ver si así se vuelve un poco rojo, que es más facha que las amapolas.

     Entonces se montaba la marimorena; el abuelo perdía la compostura, mi madre los nervios, mi padre la prudencia, mis hermanos la fraternidad y yo perdía la valentía desertando como un cobarde del campo de batalla en que se convertía el comedor familiar. En la precipitada huida con suerte acertaba a ver el acangrejamiento del abuelo que, rojo como un tomate, alzaba amenazante las pinzas:
— Me cago en el puto crío de mierda. Ven aquí, que te voy a enseñar yo modales. — y a continuación arremetía contra mis padres — ¿Esta es la educación que le habéis dao? Mano dura es lo que necesita éste país, que no hay más que sinvergüenzas.

      Mi madre, avergonzada, abandonaba el comedor llorando y me perseguía zapatilla en mano por toda la casa hasta que yo conseguía recluirme en el servicio, bastión inexpugnable con cerrojo por dentro.
     Mamá, apostada en la puerta, se quedaba arengando lo mal hijo que era y los castigos que me iba a infligir cuando saliera. En la cocina, el abuelo, ya más calmado, refunfuñaba mientras con la ayuda de mi padre se terminaba sus cangrejos, los míos y los de mis hermanos. Y yo, sentado en la soledad de mi trono independentista, encendía un cigarrillo americano considerando la posibilidad de ser adoptado.
     Mi hermana pequeña remataba la faena; se acercaba despacio hasta la puerta del aseo, llamaba golpeando suavemente con sus pequeños nudillos y gritaba:
— TATO, ABRE, ¡QUE ME CAGO!

     Y es que no hay nada más peligroso para la libertad de conciencia que la inocente colaboración de la necesidad.



Austropotamobius pallipes o cangrejo nacional - fuente Wikipedia.


     Cuando un par de años más tarde los cangrejos de río dejaron de ser nacionales el abuelo se murió, quedando patente que no merecía la pena seguir viviendo en un mundo sin cangrejos y sin Dios.

viernes, 11 de marzo de 2016

Sueño literario



     Despierto con la idea clara de que no soy más que el personaje de un libro. Seguramente, pienso, de un libro de Vila-Matas. A continuación, razono que en realidad todos los personajes de Vila-Matas son el propio Vila-Matas y deduzco que no puedo ser un personaje de Vila-Matas a no ser que sea Vila-Matas, probabilidad a todas luces incierta, dado que no nos parecemos en nada. Confirmo lo anterior mirándome en el espejo del baño y constatando que la cara que se refleja me recuerda a alguien que se parece a mí, pero que definitivamente no es Vila-Matas.
     En esas estoy cuando sin venir a cuento me entran ganas de mear. Mientras lo hago reflexiono sobre si los personajes literarios tienen necesidades fisiológicas que trascienden más allá de las necesidades literarias de sus autores y dudo si mis ganas de mear son propias o inducidas por la trama. Esto último me inquieta, me preocupa el hecho de que mi carrera literaria se limite a mear y morir asesinado víctima de las directrices psicóticas de una joven autora de novelas de misterio sueca (si Alfredo Landa hubiera sabido lo que tienen en la cabeza esas deidades, no habría entonado “¡Que vienen las suecas!” con tanta alegría).
     Volviendo a la trama, creo que me llamaría Bensön o Sven-Ben, o simplemente sería un pobre desgraciado sin nombre que se cruza en el camino del asesino, verdadero protagonista de la historia. Como cadáver literario tampoco sería gran cosa, unos cuantos párrafos para que el investigador de turno se luzca describiendo la absurda posición de un cadáver con los pantalones caídos y la cabeza dentro del retrete, donde la sangre se mezclaría con la orina hasta que alguien compasivo vaciara la cisterna y estropeara la escena del crimen.
     Acongojado, termino de mear y regreso a la seguridad de la cama con la esperanza de ser parte de la obra de un aburrido escritor costumbrista. Me tapo la cara con la manta y escucho los pasos en el pasillo.



miércoles, 10 de febrero de 2016

Como dejar de fumar y perecer en el intento


  He dejado de fumar por asalto facultativo*. Desde entonces me siento raro, no logro concentrarme y no consigo escribir con coherencia. Como en estas condiciones es imposible que de mi esfuerzo salga nada productivo, he acudido a un amigo para que ejerza de cronista y transcriba por mí los acontecimientos. El relato que viene a continuación es el resultado de esta inusitada y excéntrica colaboración.

*  Ver “La deriva Schopenhauer”


Día 1

Sin noticias de Marlboro


02:00 h.
      Despierto sobresaltado, de muy mal humor y con unas ganas locas de fumar un cigarrillo. Voy a la cocina y bebo un vaso de agua.

02:02 h.

     Me pregunto porqué bebo agua si lo que necesito es un cigarro. Obtengo la callada por respuesta. Bebo otro vaso de agua intentando desviar la atención.

02:10 h.
     Se me acaba el agua embotellada, pero no las ganas de fumar. Empiezo a beber agua del grifo

02:25 h.
     Tras haber bebido unos 10.500 cl. de agua, el equivalente a siete botellas de litro y medio, llego a la conclusión empírica de que beber agua, no sólo no quita las ganas de fumar, sino que produce incontinencia urinaria.

02:26 h.
     Corro al aseo con intención de evacuar el exceso de líquido acumulado. Mientras lo hago, me entretengo contando los azulejos de la pared.

02:27 h.
     Evacuo el exceso de líquido. En la pared frontal desde el punto de vista de evacuación en erguido de un varón de la especie humana: 137 azulejos.

02:29 h.
     En la pared lateral izquierda: 340 azulejos. Termino de vaciar la vejiga. Procedo a maniobras de salpicado.

02:30 h.
     Falsa alarma. Continúo el proceso de desalojo de los conductos urinarios. Intento reconducir el chorro a su destino y no a los alrededores como hasta ahora. En la pared derecha cuento 367 azulejos, de los cuales 39 corresponden al alicatado de la bañera.

02:32 h.
     Creo recordar que tengo una cajetilla de Marlboro en un bolsillo de la americana de invierno, salgo en su busca. Termino de evacuar en el trayecto del baño a la habitación, mayormente en mis propias piernas.

02:37 h.
     Resultado del registro a los bolsillos de la americana de invierno: 2 bolígrafos bic cristal negro, un lapicero Col-erase azul, una pequeña libreta para notas, un sugus de piña, varios pañuelos de papel usados, un roto por el que me entran dos dedos. Me como el sugus y vuelvo a guardar lo demás. Puede que el Marlboro esté en la americana de entretiempo.

02:39 h.
     Registro la americana de entretiempo: 2 bolígrafos Bic cristal negro, un lapicero col-erase verde, una libreta de notas, un sugus de fresa, que me como, y un roto por el que me entra toda la mano.

02:41 h.
     Registro la americana de verano con idénticos resultados, salvo por el color del lápiz, el sabor del sugus y el tamaño del roto.

02:53 h.
     Registro todos los bolsillos, bolsos de mano, bandoleras, mochilas y mariconeras de todas las prendas que tengo. Resultado: dos armarios vacíos, un montón de ropa encima de la cama y la boca llena de sugus de distintos sabores, la mayoría con el papel incluido. Conclusión empírica: los sugus dan sed y no aplacan las ganas de fumar.

03:00 h.
     Registro los cajones de la mesilla de noche, mesa de trabajo, taquillón de entrada, aparador, mueble bar, armarios de cocina, cajones de cubiertos, armarios de baño, muebles del salón, etc.

03:10 h.
     Llamo por teléfono a la policía y denuncio que han entrado en casa a robar dejándolo todo hecho un desastre.

03:15 h.
     Llamo por teléfono al trabajo para ver si me pueden dar un par de días de descanso por robo. No contestan.

03:20 h.
     Llamo por teléfono al trabajo para pedir una semana de vacaciones. No contestan.

03:23 h.
     Llamo por teléfono al trabajo para exigir mi mes de vacaciones. Me contesta el servicio de seguridad. A mi pregunta de si es el servicio de seguridad al completo o sólo una parte del mismo, me manda a un sitio poco decoroso y me da cita con el Jefe de personal a las 08:30 horas en el departamento de recursos Humanos, C/ del doctor Sugrañes, s/n, oficina P – despacho 2.

03:30 h.
     Llamo por teléfono a pequeña Penny para que vaya haciendo las maletas. Me dice la hora, me manda a un sitio poco decoroso y cuelga.

03:40 h.
     Se personan en mi domicilio un par de individuos que se identifican como los agentes Vázquez y Flores, del cuerpo nacional de policía. Los retengo en la puerta con la escusa de una urgencia renal y me visto con lo primero que encuentro: Unas botas de pescar de caña alta, una rebeca de ganchillo sin mangas y una falda hawaiana con flores de papel. Como lo encuentro poco sobrio, remato el atuendo con la boina falangista del abuelo.

03:50 h.
     Recibo a los agentes que, tras una leve inspección ocular del piso y otra más detallada de mi persona, preguntan si he echado en falta algún objeto de valor. Respuesta: un maletín de piel con ochocientos millones de euros en billetes de quinientos y un cartón de Marlboro. A la pregunta por la procedencia del dinero, respondo que tengo un cuñado tesorero.

03:55 h.
     Los agentes me piden que los acompañe a comisaría para formalizar la denuncia por escrito. Como parece que refresca, añado a mi indumentaria una estola de piel de conejo y los sigo hasta el vehículo oficial. ¿No tendrán un cigarrito? Ninguno de los agentes fuma.

04:20 h.
     Llegamos a la comisaría de la calle Gerona, me acompañan a una estancia llena de máquinas de escribir antiguas que parece el museo Olivetti. Un individuo con cara de sueño entra en la sala y se sienta frente a una de las máquinas, coloca en el carro tres folios intercalados con hojas de papel carbón y me pregunta el nombre. Cuando le veo aporrear el teclado con el dedo índice de cada mano deduzco que me espera una larga noche. Le pido un cigarrillo. Ni fuma ni está permitido fumar en las dependencias.

07:00 h.
     Salgo de comisaría. Las horas que son, casi que me voy a Recursos Humanos dando un paseo y si eso desayuno algo frugal por el camino.

07:15 h.
     Al ver a un hombre tan elegante caminando por la zona industrial, las personas que se dirigen en sus vehículos al trabajo deceleran la marcha sorprendidos. Los más lanzados, incluso bajan la ventanilla para practicar esa costumbre tan española: el piropo malsonante.

07:25 h.
     Me entra el fervor marca España y entro en la primera cafetería que encuentro abierta. Pido café con leche, dos docenas de churros, pincho de tortilla y copita de anís del mono.

07:45 h.
     Habiendo dado buena cuenta del desayuno, observo que aún es pronto y pido algo para hacer tiempo: una de patatas bravas, unos torreznillos, un bocadillo de calamares, una ración de oreja y una jarra de sangría.

08:02 h.
     Se me acerca un parroquiano.

08:03 h.
     Se escora a la izquierda.

08:04 h.
     Se escora a la derecha.

08:05 h.
     Retrocede.

08:07 h.
     Frena, endereza y acelera hacia mi persona.

08:08 h.
     Se pasa de frenada, tropieza, trastabilla, oscila, gira en redondo, fluctúa con gracia, se abalanza contra la mesa, se aferra a la misma, sonríe victorioso pero asimétrico, apunta los flancos traseros hacia una silla vacía y se deja caer con estudiada templanza.

08:12 h.
     Encandilado por mis encantos naturales, se ofrece a invitarme a grito pelado. Acepto la invitación y aprovecho para ausentarme alegando una urgencia renal.

08:15 h.
     Abandono el local y dejo a mi conquista vomitando sobre la mesa. Dudo si regresar a sus brazos, porque la verdad, le he cogido cariño. Pero el deber me llama, el corazón tendrá que esperar.

08:30 h.
     Llego a mi cita con exquisita puntualidad británica.

08:45 h.
     Arturo, el jefe de personal, es un tío majísimo. Me ha regalado un libro de autoayuda y me ha dicho que no me preocupe, “tómese todo el tiempo que necesite, no tenga prisa por volver”, han sido sus palabras exactas. Da gusto trabajar para una empresa donde reconocen tu valía.



martes, 9 de febrero de 2016

Como dejar de fumar y perecer en el intento.
Día 2

...viene de Cómo dejar de fumar y perecer en el intento 1

Sin noticias de Penny


10:30 h.
     Estoy tumbado en la playa tomándome un mojito. Esto es el paraíso; cielo despejado; temperatura, 28 grados centígrados; humedad relativa, 57 por ciento; vientos flojos de componente sur; estado de la mar, espléndida. Mientras pequeña Penny me embadurna con aceite solar factor 30, empiezo a leer el libro que me ha regalado el jefe de personal:
“EMPRENDEDOR POR FUERZA MAYOR, Aprende a montar tu propia empresa con la liquidación por despido, paso a paso”
No se como esto me va a ayudar a sobrellevar mi adicción al tabaco. A los jefes de personal no hay quien los entienda.

13:00 h.

     Me he quedado dormido. No veo a pequeña Penny por ningún sitio, habrá regresado al hotel aburrida de oírme roncar. Temperatura, 35 grados centígrados; humedad relativa, 69 por ciento; vientos flojos de componente sur; estado de la mar, bulliciosa. Parece que la ausencia de nicotina me está empezando a afectar en forma de picor de espalda.

13:45 h.

     Sin noticias de Penny. La espalda comienza a escocerme. Decido regresar a la habitación del hotel, necesito una ducha bien fría y un Marlboro. Temperatura, 43 grados centígrados; humedad relativa, 97 por ciento; vientos inexistentes; estado de la mar, desenfocada.

13:50 h.
     En la habitación no hay rastro de Pequeña Penny ni de sus cosas, voy a bajar a recepción a ver si saben algo o me prestan un cigarrillo.
La espalda me arde, literalmente.

13:51 h.
     Un empleado del hotel me rocía encima todo el contenido de un extintor. No contento con eso, me golpea con el continente hasta apagar las llamas.
Antes de perder el conocimiento consigo pedirle un pitillo. Me responde con otro golpe.

14:15 h.
     Recupero el conocimiento en una ambulancia que circula a toda velocidad por la Avenida Diagonal Mendoza. El ¡niino, niiinoo! de la sirena se mezcla con un ¡tilín, tilín! ¡Uuuuh, uuuuh! hasta que ambos convergen en un ¡crash! y todo se vuelve patas arriba.

14:30 h.
     Me salgo del cuerpo, empiezo a ascender y tropiezo con el culo de una ATS que también se ha salido de su cuerpo. Me disculpo.

14:31 h.
     Intento apartarme, como aún no domino las técnicas de vuelo incorpóreo, me limito a rebotar una y otra vez con mi cabeza contra el trasero de la sanitaria. Me disculpo repetidamente.

14:35 h.
     La enfermera corresponde a mis disculpas con insultos variados y algún que otro improperio irreproducible. Consigo desembarazarme y huyo lo mejor que puedo

14:36 h.
     Tropiezo con el chofer de la ambulancia.

14:37 h.
     Tropiezo con un camillero.

14:38 h.
     Tropiezo con una viejecita con cachaba.

14:39 h.
     Tropiezo con el cuerpo de bomberos. Debido a la alta densidad de entes incorpóreos, me resulta algo complicado establecer una ruta de vuelo y opto por el vuelo del grajo cuando hace un frío del carajo.

14:40 h.
     Me arrolla un coche patrulla.

14:41 h.
     Me arrolla una moto de Tele-Pizza.

14:41 h.
     Me arrolla una moto de reparto del restaurante chino Ku-lo loto.

14:41 h.
     Me arrolla una moto de reparto del Kebab Ke va, yo leo a Kierkegaard.

14:42 h.
     Me arrolla una bici con sidecar.

14:45 h.
     Debido a la alta densidad del tráfico, decido regresar a las alturas, ya más despejadas ahora que la mayoría de entes han regresado a sus cuerpos físicos. Aprovecho la buena visibilidad que da la vista de pájaro para localizar el mío (el cuerpo), por si lo necesito más adelante (al pájaro). Lo encuentro entre un amasijo de hierros, rodeado de personas con chalecos reflectantes que tiran bruscamente de mis extremidades. Una de ellas parece conseguir su propósito al arrancarme un brazo. Se miran unos a otros negando con la cabeza. Al final se apartan para dejar paso a un bombero con una radial en las manos.

En vista de la escabechina, decido que mi cuerpo no va a servirme de gran cosa y que lo mejor es que vaya buscándome otro que esté en mejores condiciones.


viernes, 30 de octubre de 2015

El Laboratorio de Ciencias

      La puerta del laboratorio de ciencias siempre permanecía cerrada. Como nadie recordara haberla visto abierta, sospechábamos que tras ella sucedían cosas terribles. Con el paso del tiempo, dedujimos que era allí donde ocultaban los cadáveres.




      Un día, Reverte trajo unos cigarrillos holandeses que le había afanado a su padre y nos invitó a fumar en el recreo. Entonces nos contó de una vez que consiguió asomarse a hurtadillas al laboratorio, descubriendo a un grupo de profesores que infringían todo tipo de atrocidades al cuerpo inerte de un crío de nuestra edad. Aberraciones inhumanas, dijo con regocijo, y a todos nos entró el canguelo, porque las aberraciones inhumanas daban mucho canguelo, aunque no tuviéramos ni idea de lo que eran. En el debate que se suscitó a continuación, Camilo nos explicó que aberraciones era dar por culo, que su madre se lo decía a su padre. Y que por eso sus padres estaban condenados al infierno sin readmisión.

—Remisión— corrigió Bergamín.
—Chorradas— dijo Camilo —¿Cómo se va a remitir nada desde el infierno?
—Pues al infierno se va sin remisión de toda la vida de Dios— replicó Bergamín —, eso lo saben hasta los negros.
Lo que suscitó una nueva polémica entre la lógica popular y la tradición cristiana en la que estuvimos enfrascados hasta la hora de volver a clase de Geografía e Historia.

      Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en la clase y decidí seguirme a cierta distancia, pues no quería que mi cuerpo hiciera algo de lo que luego tuviera que arrepentirme.

Al entrar en clase, el padre Moratinos mandó salir al encerado a Federico García y comenzó a dictar:

“Antiguamente, la gente era muy aficionada a perder la cabeza. Se montaba una revolución y todos perdían la cabeza, hasta los locos……”
A continuación, se levantó de la mesa, agarró a Federico por detrás y bajándole los pantalones hasta los tobillos, comenzó a practicar con el todo tipo de aberraciones. Ante mi asombro, el resto de mis compañeros, incluido yo mismo, continuamos escribiendo en nuestros cuadernos
“…Esta propensión insensata fue patentada en su día por un avispado francés y acogida como la última novedad del salón de las nuevas tecnologías por el resto.”
Comprendí que estaba sufriendo una alucinación y cerré los ojos con fuerza. Intenté taparme los oídos, pero mis manos no dejaron de escribir la cantinela del padre:
“…En poco tiempo, toda Corte que se preciara, disponía de mecanismos ingeniosos para descabezar a sus súbditos…”
Al abrir los ojos las cosas habían empeorado. Los padres de Camilo se habían incorporado al cuadro y practicaban aberraciones sobre la mesa del profesor. El propio Camilo, de pie junto a sus padres, tomó el relevo al padre Moratinos en las labores de dictado:
“…y los Raymonetes de turno recorrían las distintas ejecuciones públicas dando por el culo a los reos como cobro del canon capital…”
Mis compañeros, que en fila de a uno esperaban su turno con los pantalones bajados, cantaron a coro:
“del latín caput, capitis. ¿Entiendes?”
Entonces mi cuerpo se levantó, se arrancó la cabeza, la depositó sobre el pupitre y se incorporó a la fila mientras se bajaba los pantalones. Mi cabeza quedó contemplando el reverso de Reverte, cuya cicatriz-boca continuó el dictado:
“..De alguna manera sibilina, esta costumbre se incorporó al código genético de las madres de la raza humana,…”
Mientras hablaba, la cara b de Reverte se iba transformando en su madre. Los labios cicatriz mudaban carnosos y llenos de sensualidad, las cuencas vacías se colmaban de miradas traviesas y azules que jugaban al escondite tras una cortina de pestañas...
“…que generación tras generación, siguen utilizando el golpe en la cabeza para corregir las actividades díscolas de su progenie,”
Y me arreaba un bofetón, para a continuación arroparme entre sus brazos y acercándome a sus pechos desnudos, introducir un rosado y erecto pezón entre mis labios, amamantando así mi excitación. Excitación que, con el rabillo del ojo, pude ver como se reflejaba en mi cuerpo en forma de una indiscreta erección en el momento justo en que el padre Moratinos se disponía a aberrarme.
“dejando para la Santa Madre Iglesia, la ingrata tarea que supone ocuparse del canon.”
Empecé a notar su miembro y grité. Me soltó otro bofetón y empezó a zarandearme con fuerza.
—Tío, que se te ha ido la olla— Reverte me agitaba preocupado desde su cara buena —¡Jooder, Kojak! Te has cagado encima.— Y salió corriendo.

Me quedé rezagado contemplando como entrábamos en clase. Esta vez decidí no seguirme, entonces, mi cuerpo se frenó en seco y regresó con desgana a este lado inmundo de la realidad.

      A Reverte lo expulsaron por llamar perfecto mierda al padre Moratinos en clase de Geografía e Historia, y no lo volvimos a ver. Entre los compañeros empezó a circular el rumor de que lo habían fusilado en la tapia del patio, para luego esconder el cuerpo en el laboratorio.




sábado, 10 de octubre de 2015

La deriva Shopenhauer


“El toro no embiste porque tiene cuernos, tiene cuernos porque quiere embestir”
Arthur Schopenhauer

“Por más que intentes atravesar la pared, la puerta no se va a mover del sitio”
Mamá Bolkoien


“Me duele la boca de abrirla”
Pequeña Penny

Que vida triste la mía,
preso en de la dispersión,
cojo el tren en una vía
y me voy por peteneras
¡Madre de mi corazón!
y me voy por peteneras.

Ben el binagre



      Con 12 años cayó en mis manos “Sobre la voluntad en la naturaleza” de Schopenhauer. Y me lo creí, me lo creí tanto que decidí ponerlo en práctica.
      Si un toro podía conseguir que le crecieran los cuernos, seguro que yo también podía conseguir que me crecieran, no los cuernos que me parecían una incomodidad a la hora de rematar de cabeza, pero sí un par de enormes alas de águila, con sus largas plumas de ala ancha y no esa mierda de algodón de los angelitos.
      Con esa intención me encerré en la habitación, me senté cómodamente en la cama, cerré los ojos y empecé a imaginar que me nacían dos bultitos en la espalda, a la altura de los omoplatos. Poco a poco, esas pequeñas protuberancias iban desarrollándose, creciendo, hasta convertirse en dos hermosos pechos de mujer. Por extraño que parezca, los pechos, si bien habían nacido en la espalda, ahora estaban perfectamente ubicados en su sitio, incorporados a mi anatomía con naturalidad y proporcionando a mi cuerpo un aspecto distinto, turbador.
      Abrí los ojos entre confundido y excitado y comprobé, tanto con alivio como con pesar que no me habían crecido ni pechos de mujer ni alas de águila. Sin embargo, en compensación, me había crecido otra parte del cuerpo.
      El resto del verano lo pasé recluido en mi cuarto en un estado de meditación profunda del que sólo salía con desgana para ir al baño y comer algo.
      Mi madre empezó a inquietarse. En las comidas se quedaba mirando fijamente mis ojeras y decía —Tu no estas bien. — y a continuación a mi padre —Este chico no está bien. —con lo que yo daba por terminada la comida y me levantaba de la mesa a lo que respondía la autoridad de mi padre.
      — ¿Donde te crees que vas? siéntate en tu sitio y haz caso a tu madre.
      Entonces yo me volvía a sentar, mi madre me miraba fijamente a las ojeras y decía—Tu no estas bien. —y a continuación a mi padre— Este chico no está bien.
      Un día vino un señor a casa y me preguntó qué hacía tantas horas encerrado en la habitación. Cuando le respondí que intentaba volar miró a mi madre con preocupación.
      —Lo ve, si ya le decía yo que no estaba bien. —Sentenció mi madre.
      Me internaron en un centro de rehabilitación para toxicómanos en el que me obligaban a creer en Dios y en la restauración de muebles usados, indistintamente.
      Y así, entre Toretes y Vaquillas reconvertidos a monaguillos bricomaniacos, fui perdiendo las ojeras junto con la fe en Schopenhauer y en la humanidad, indistintamente, sustituyéndolos por un incipiente bigotito y un paquete de Malboro, del que ya no he sabido separarme.
. . . . . . . . . . .

      Acompaño a Pequeña Penny al Centro de Salud para una revisión rutinaria. Aburrido de esperar, aprovecho que nadie acude a la llamada de un paciente por megafonía y me cuelo en la consulta. La doctora, una señora de mediana estatura para su mediana edad, ni guapa ni fea, se acerca a las gafas bifocales unos informes que deben pertenecer a la paciente ausente.
      —Siéntese, Doña Aurora, —dice sin levantar la vista de los informes— a ver, ¿que es lo que le pasa?
      —Que no me encuentro el punto G—digo yo, por entablar conversación.
      La doctora levanta la cabeza y me mira fijamente con el ceño fruncido. Yo empiezo a recular en el asiento, analizando las vías de escape.
      — ¿Usted fuma? —dice por fin
      —Un paquete de Malboro, —respondo precipitado. — desde los doce años.
      —Pues eso se ha terminado, no ve como tiene de irritada la voz, que parece un camionero.— comienza a teclear en el ordenador— Le voy a hacer un volante para que le hagan unas placas de la garganta y en una semana me vuelve usted a ver. —aprieta una tecla que hace que la impresora escupa las hojas con las citaciones— Y mientras tanto ni un cigarrillo.
      Me entrega el volante y cuando ya iba a salir por la puerta me llama
      — ¿No se olvida Usted de algo?
      Me paro junto a la puerta y me vuelvo, indeciso.
      —Ya está dejando su paquete de Malboro encima de la mesa— dice, y tras una inquisitorial pausa — y desnúdese.
      Abandono la consulta justo a tiempo de ver como Pequeña Penny sale por la puerta adyacente. Avanzo a su encuentro.
      — ¿Todo bien? —pregunto disimulando.
      — Bien, —responde— ¿y tu, como tienes esa cara?—me mira intranquila— ¿te pasa algo?
      —Es que a mí estos sitios me ponen enfermo. —vuelvo a disimular— Vamos, te invito a desayunar.
      Una vez en la calle, observo por una de las ventanas a la Doctora de mediana edad, recostada en su sillón con los pies descalzos encima de la mesa. Tiene el pelo alborotado y la bata desabotonada deja entrever un cuerpo bien cuidado. Desde éste lado de la cristalera resulta terriblemente atractiva. En sus manos, la cajetilla de Malboro de la que saca un cigarrillo y lo coloca con suavidad clínica entre sus labios. Lo prende y da una profunda calada para luego, con placer, dejar escapar el humo por las comisuras de su sonrisa.
      Pequeña Penny me da una colleja. —¿Que haces?
      —He decidido dejar de fumar. —respondo— Es que el tabaco se ha puesto por las nubes.
. . . . . . . . . . .

     Al regresar del centro de rehabilitación me encontré con mi amigo Lolo. Tras escuchar mi historia se me quedó mirando pensativo, parecía mantener una lucha interior. Al final debieron triunfar las fuerzas del bando de la pena ajena, porque echándome un brazo por encima de los hombros, me condujo hasta una esquina
      — Mira, te voy a contar el secreto de mi familia, pero tienes que jurarme que no se lo contarás a nadie.
      — Lo juro por lo mas sagrado —dije yo, siguiendo el convencionalismo aceptado.
     Lolo me miró fijamente a los ojos. Yo mantuve la mirada de la manera mas sincera que supe. Tras unos segundos que se me hicieron eternos Lolo se decidió a hablar.
      — Nos colgamos un ladrillo.
      — ¿Cómo que nos colgamos un ladrillo?
      — Pues eso, que nos atamos una cuerda a la chorra y ponemos un ladrillo de contrapeso. Por eso la tenemos tan grande.
      — Y a mí que me importa cómo la tengáis en tu casa.
      — Oye, que has sido tú el que me ha venido llorando que no conseguías que te creciera.
      — ¡Joder! Lolo, es que no te enteras de nada.
      — ¡Ah!, y tú sí. Por eso te han ingresado en un centro de retrasados.
      — De rehabilitación, imbécil.
      — Pues eso, de imbéciles con la picha corta. Tú y el Chopenagüer ese.

     Llegué a casa triunfal, con la nariz rota y el labio partido, pero triunfal. Mi madre se me quedó mirando fijamente, dio media vuelta y se alejó murmurando por los pasillos de la casa.
      — Este chico no está bien, no, no está bien.
     Atravesé el umbral y respiré profundamente el aroma del hogar, apestaba a coliflor recién hervida. Para evitar el vómito, encendí un cigarrillo y me lo coloqué en un lateral de la boca, estilo Travolta.
      — ¡Mamáaa! —grité mientras avanzaba con magullada chulería por el pasillo— ¿Tenemos ladrillos?



jueves, 4 de julio de 2013

yo no soy yo

      De pequeño yo no era yo, era mi hermano mayor. Jugaba con los juguetes de mi hermano, vestía su ropa, terminaba sus álbumes de cromos y veía sus series de televisión favoritas.
      Pronto, la confusión empezó a extenderse por el barrio hasta un momento en que todos me llamaban por el nombre de mi hermano. Así, debido a escuchar la misma mentira una y otra vez, la idea fue calándome las amígdalas, como el chirimiri, hasta que un día el vecino del primero, cortándome el pelo a navaja, le rebanó una oreja a mi hermano y éste empezó a desangrarse en el piso de arriba, con el consiguiente alboroto familiar.

      Se tuvieron que llevar a mi hermano roto a la casa de socorro donde le cosieron el trozo de oreja desprendido. Una vez recompuesto, regresó a casa siendo otra vez uno e indivisible, aunque por su aspecto parecía habérsele independizado una parte de la cara.

      A la hora de la merienda el vecino rebanador preparó para mi hermano una rebanada de Nocilla y cuando yo le pedí a mi madre una igual, me untó con Tulicrem un chusco de pan. <<— ¡Esto no es Nocilla!—>>, dije. <<— ¡Ni tu eres tu hermano!—dijo ella. —Si quieres Nocilla tienes que dejar que te corten las dos orejas y el rabo. >>

      Salí a la calle con ganas de cornear a alguien, tiré el chusco de pan a un tejado y con el dinero que acababa de sisar del monedero de mi madre, compré un vaso de Nocilla y un riche en la tienda de ultramarinos de la esquina. Me los comí enteritos mientras me cosía las heridas y recuperaba así la identidad perdida. Sin embargo, el remordimiento y la culpa sobrevinieron a la autodeterminación en forma de un soberano dolor de muelas que no ha dejado de perseguirme hasta nuestros días.

      Desde entonces, cada vez que necesito autoafirmarme recurro a la Nocilla y al Rhodogil. Me preparo un bocadillo generoso de la primera y mientras lo como, voy reconstruyéndome como individuo, remendando los jirones de la vida. Que dirán ustedes que como terapia es una tontería, pero a mi me funciona y me ahorro un dineral en psicoanalistas, que por otro lado, gasto compulsivamente en medicamentos para el remordimiento de muelas.

. . . . . . . . . . .

24 de junio

      Ayer volvieron a confundirme con un famoso que no soy yo, pero lejos de despejar el error, permití que me invitaran a la cena y firmé en el libro de honor del establecimiento, asumiendo con naturalidad la personalidad del otro.
      Al llegar a casa me preparé con urgencia un bocadillo de nocilla que comí sin hambre pero con avidez. Con el último bocado descubrí que seguía sin ser yo. Es más, el sillón en el que estaba sentado no era mi sillón, el salón no era mi salón, la cocina no era mi cocina, y el tarro de Nocilla era de Nutella. Mientras contemplaba perplejo aquel envase de crema de cacao con avellanas, una mujer que no era la mía se me acercó por la espalda y acariciando con sus labios el lóbulo de mi oreja susurró <<— ¿Que le pasa a mi niño? ¿Ya te han vuelto a confundir con ese escritor de medio pelo?>> Aturdido, dejé que me arrastrara a su dormitorio, que no era el mío, donde ha pasado la noche practicando toda suerte de perversiones sexuales imaginables con mi cuerpo, que ahora resulta que comparando proporciones y capacidades, tampoco debe ser el mío.



01 de julio

      Ha pasado una semana desde que no soy yo. He concedido tres entrevistas inventadas por las que he sido felicitado por todos y estoy profundizando en la relación con mi nueva mujer.


03 de julio

      Definitivamente, creo que me voy a pasar a la Nutella, prefiero ser el original de otro que un sucedáneo de mí mismo.

Psdta.: Creo que me estoy enamorando.



04 de julio

      He bajado al híper a comprar un tarro de Nutella y al ver el envase de Nocilla original no he podido evitar abrir la tapa y meter el dedo delante de la cámara de seguridad. Como el vigilante no se creía que yo fuera quien decía ser, he tenido que dar los datos de mi hermano para que me dejaran marchar, pero antes me han obligado a pagar el tarro de Nocilla.
      Ahora estoy en el sillón de mi salón, frente a un tarro de Nocilla vacío, con un terrible remordimiento de muelas y una acusada nostalgia de no ser yo.

      ¡Me cago en la puta nostalgia!



Yo en version Tulicrem entre dos trozos de pan


lunes, 3 de junio de 2013

La importancia de ser castellano


     En tercero de básica me sentaron detrás del holandés. Se llamaba Philip, con ph como el champú. Philip Pérez Van der nosecuantos y según decía, era el fruto de que su padre hubiera puesto una pica en Flandes. El padre, aparte de poner picas, era inventor y presumía de haber vendido a la Philips el radio cassette autorreversible. Por su parte, la madre de Philip también era reversible, pues a nuestro infantil parecer, estaba tan buena por delante como por detrás. De ahí que a nadie le extrañara el hecho de que Philip, siguiendo la tradición familiar, tuviera la cabeza reversible. De frente tenía una cara igual al resto de los niños, pero cuando se daba la vuelta tenía otra cara en forma de cicatrices que si te quedabas mirándolas fijamente, semejaban las formas de dos ojos sorprendidos y una boca abierta. Por eso empezamos a llamarle Reverte, Reverte el repetidor reversible. Y yo me pase el curso contemplando su cara b, que era la mala.


El reverso tenebroso de Reverte

     De tanto mirar el reverso tenebroso de Reverte, germinó en mí interior la idea de que también yo tenía dos caras y el temor de que antes o después, brotaría una costura en mi cogote, delatándome ante el mundo. Palpándome, busqué el punto donde nacería mi nuevo rostro, pero lo único que conseguí fue una picazón insoportable en el colodrillo que debido a mi nula capacidad de aguante, empecé a rascarme en medio de la clase, primero con fruición disimulada y a renglón seguido impulsivamente, con ambas manos y movimientos espasmódicos de la cabeza.
      Me mandaron a casa con una nota para mis padres en la que daban a entender que debido a mi falta de higiene, había sido invadido por parásitos poco recomendables y que no volvería a incorporarme al sistema educativo nacional mientras no demostrara fehacientemente estar limpio de polvo y piojos, o lo que es lo mismo, con la cabeza totalmente pelada y reluciente.

      Mi madre intentó matar ella misma a los inexistentes bichos, primero con la zapatilla y después rociándolos con un buen chorro de vinagre de vino blanco. A continuación, sujetándome de una oreja, me arrastró hasta la peluquería. Sólo al llegar a nuestro destino me soltó, dejándome frente al barbero.
—Aféitele la cabeza, que ha saber con quien habrá andado.
   Y tras pagar los servicios por adelantado,...se fue por donde había venido, con la dignidad inmaculada.

      Nada más regresar de la peluquería me dirigí al baño con la intención de verme el cogote en el espejo. Pero por más que forzara la vista no conseguí ver mas allá de mi oreja, de lo que deduje con alivio que al menos todavía no me habían crecido ojos en la nuca.
   Aún así, para evitar obsesionarme, cada cuarto de hora me miraba en el espejo del baño. Yo miraba mi nuca y el espejo devolvía la imagen de mi oreja. A base de perseverar, descubrí que si forzaba la vista el rato suficiente, el reflejo se volvía borroso y podía convertirlo en el canalillo de la madre de Reverte. Y a base de insistir en la perseverancia, perdí el conocimiento.


      Desperté con principio de priapismo y una tortícolis permanente. Con vistas a encubrir cualquier indicio de mi nuevo estado bicéfalo, tracé un elaborado plan consistente en tapar sendas cabezas con un verdugo de lana y hacerme terrorista para no levantar sospechas, como los que veía en la tele, que siempre salían leyendo comunicados con la cara tapada.
      Mi madre, que en ese momento se encontraba preparando unas lentejas con chorizo, recibió la noticia con aparente indiferencia, al menos hasta que insistí en la necesidad de taparme las cabezas para que no se me reconociera mientras practicaba actos criminales. Entonces soltó la cazuela.
—Que actos criminales ni que ocho cuartos— dijo —ya te voy a dar yo terrorismo— y se quitó la zapatilla.
      Intenté huir despavorido y poner los pies en polvorones pero antes incluso de girarme, noté la suela de su zapatilla impactando contra mi recién estrenada carrera criminal, haciendo trastabillar mis principios contra el suelo de la cocina.

      Al día siguiente, pelado y abochornado, intenté convencer a mi madre para no ir al colegio, pero argumentó que si se volvía a descalzar era posible que cojiera una pulmonía y no quise cargar con ese peso sobre mi conciencia ya maltrecha.
      Reverte me salvó del escarnio público. Cuando me dirigía al humillante encuentro de las mofas y burlas de mis compañeros, apareció acompañado de su madre. Ataviada con un mini traje típico holandés, se acercó a mi altura e inclinándose para acariciarme la cabeza dijo:
—Mirra que mono. También tu disfgazas, mi kleintje Kojak.
         ...Y perdí el conocimiento por segunda vez, ...aunque nadie se dio cuenta, presas como estaban del erectomagnetismo desprendido por aquella supermujer.


La mamá reversible de Reverte

     A pesar de tener que sufrir el mote de “el klenyi koyak” y su rima correspondiente durante el resto de curso.

...Yo le daba gracias a Dios por nacer castellano y pedía por Reverte y los otros niños de los países bajos, cuyas madres calzan zapatillas de madera maciza.


     El otro día en el autobus, descubrí con asombro como una chica despampanante no me quitaba el ojo de encima. No había posibilidad de confusión, ya que el vehículo estaba practicamente vacío. Empecé a sentirme incómodo, no es la primera vez que me confunden con un famoso y termino firmando los autografos de otro. Cuando por fín decidí sacarla de su error, el autobus paró y la chica comenzó a andar para atrás, como los cangrejos. Se bajó y continuó su camino de crustaceo, alejandose sin dejar de mirarme. Ella fue la primera. Desde entonces cada vez es más común encontrar viandantes que, al igual que nuestros politicos, caminan por la vida de espaldas a la realidad.

viernes, 29 de marzo de 2013

Los efectos de la crisis I


      La agenda de mi madre es un calendario de pared con los números en grande y el santo del día a pié de número. En él, apunta los nombres de hijos, sobrinos, nietos y demás familia junto al día del cumpleaños. También anota sus actividades cotidianas, como las visitas al médico o las clases de aquagim de los martes y jueves. De tal modo que si el 25 de abril tiene consulta con el traumatólogo, mi madre escribe “Güesos” encima de S. Marcos y la hora junto al número. Luego dibuja un recuadro rodeándolo todo y así parcela su vida de manera eficiente.

      Los días que tiene la agenda libre, mi madre los dedica a parcelar vidas ajenas. En cuanto encuentra una vida sin acotar, saca el metro y demarca acontecimientos igual que un constructor delimitaría terrenos. Tampoco importa mucho si la vida en cuestión ya tiene su superficie urbanizada, sus caminos trazados o sus zonas verdes enraizadas. Mi madre siempre conoce una manera mejor de distribuir los espacios. De hecho, mientras uno de sus hemisferios se dedica a parcelar, el otro ya está diseñando los trabajos de demolición y viceversa, que quiere decir al contrario.
      Debido a mi natural masculino incapaz de utilizar ambos hemisferios a la vez, sólo he heredado de mi madre el hemisferio de llevar la contraria, que no se si es el hemisferio norte o el sur o viceversa. Lo cierto es que debido a mi herencia, ante cualquier argumento, siento una necesidad inmediata y visceral de defender la postura antagónica. Me lo pide el ADN.
      Pero si mantengo una fundada aversión hacia los calendarios que hace que mi vida se desarrolle en el caos temporal más absoluto, no es por el ADN o por llevar la contraria a mi madre.

      Al menos, no siempre fue así. 


Los dos hemisferios de mi madre


UN calendario en la pared

      Siendo aun un crío, abandoné por primera vez el nido familiar para establecerme por cuenta ajena en un piso compartido con unos amigos desconocidos. La minúscula habitación que me tocó en suerte disponía de una cama demasiado estrecha, un armario demasiado empotrado y un calendario de pared demasiado atrasado. De no ser por la foto con la imagen de Jane Badler, la “Diana” de la serie “V”, me habría desecho de aquel calendario caducado. Pero aquella mala tan buena había marcado parte de mi adolescencia y no me pareció mala idea compartir con ella el dormitorio durante una buena temporada. No sabía lo equivocado que estaba y de que manera iba a trastornar mi vida aquel aparentemente inofensivo calendario.
       La habitación, de aproximadamente 2 X 2, era tan pequeña que resultaba imposible moverse sin posar la vista en el almanaque. Y pronto descubrí que había algo en aquel calendario que me inquietaba. Al principio se presentó como una pequeña incomodidad, una leve desazón pasajera que achaqué a los nervios propios de la mudanza. Pero poco a poco la inquietud fue en aumento hasta que una mañana se apoderó de mi ser una terrible congoja, postrándome en el lecho víctima de intermitentes temblores y un sudor frío que partiendo de la rabadilla, atravesaba la medula espinal hasta posarse en la base del cerebelo, donde decidió quedarse a vivir. Inmóvil como estaba, presa del pánico, era incapaz de apartar la mirada del objeto que me producía tales males.
      Durante minutos que se convirtieron en horas que se convirtieron en días estuve tendido en la cama, viendo impotente como se me iban la vida y los fluidos sin poder apartar la mirada de aquel calendario. Al sentir abrirse la puerta de la calle intenté gritar reclamando auxilio, pero mi boca continuó cerrada impidiendo que de ella escapara el más leve sonido. Entonces en un arrebato de demencia intenté gritar por la nariz y se me salieron los mocos y la dignidad. Luché con todas las fuerzas que me quedaban para intentar incorporarme, pero mi cuerpo permaneció petrificado, pegado al incómodo colchón de aquella cama ajena. Al final, exhausto, perdí el conocimiento en un delirio de números enteros.
      Desperté tendido boca abajo. Entonces, en un momento de lucidez, me armé de arrojo y sin apartar la mirada de la mesilla de noche, conseguí incorporarme hasta posar los pies en el frío y desnudo suelo, quedando sentado de espaldas al calendario. Al notar su aliento en la nuca, mis piernas comenzaron a temblar descontroladas. Una y otra vez, me repetía a mi mismo que los objetos no respiran. Una y otra vez, rezaba la misma letanía mientras mi cuerpo se balanceaba adelante y atrás acompasadamente y la mirada se perdía en un punto mas allá de un mueble que ya no veía.

—Lsojetos no respían, no, no tien pulmones, no espiran, losojetos no rspiran...


jueves, 28 de marzo de 2013

Los efectos de la crisis II

(...viene de Los efectos de la crisis I)

Lsojetos no respían
—Lsojetos no respían, no, no tien pulmones, no espiran, losojetos no rspiran...

—Te parecerá bonito tanto desorden y tanta guarrería —bajo el quicio de la puerta, la figura distorsionada de mi madre se afanaba en los trabajos de demolición y reconstrucción—. Ahora mismito te vas a la ducha y metes ese pijama y las sabanas a la lavadora.

      A pesar o quizás por el hecho de saber que mi madre en ese momento estaba a cientos de kilómetros de distancia, me pareció menos humillante someterme a su ilusión y obedecí mecánicamente, levantándome de la cama sin el menor esfuerzo. Empecé a quitar la ropa de cama y entonces lo vi. O mejor dicho, no lo vi. El calendario había desaparecido y en su lugar había un orificio en la pared del tamaño de una mirilla, a través del cual se adivinaba un universo de mujeres desnudas. Intrigado, me asomé a mirar, pero cuando estaba a punto de descubrir el misterio al otro lado del muro me entró agua en los ojos.

      Salí de la ducha confundido y volví apresuradamente a la habitación, sin tiempo para secarme. Al llegar al umbral de la puerta me detuve petrificado, no había rastro del espejismo de mi madre y colgando de su escarpia volvía a estar aquel almanaque desde el que me sonreía la reina de los reptilianos. ¿Que estaba pasando? El miedo volvió a apoderarse de mí en forma de taquicardia. Tuve que sujetarme al marco de la puerta para paliar las palpitaciones. Era como si el corazón quisiera atravesar a golpes la caja torácica, y el estómago, contagiado, intentara escapar de su reclusión por el orificio de la boca.

      Mientras intentaba controlar el vómito, se abrió la puerta de la calle y entró uno de mis compañeros de piso acompañado de una chica, una réplica joven de Jane Balder, que me saludó con una de sus sonrisas maliciosas. Paralizado como estaba, sólo hubo una parte de mi cuerpo que supo corresponder haciendo el saludo nazi, dejando de manifiesto mi obscena desnudez. Abochornado y aturdido, me encerré en la habitación.

      Al darme la vuelta me di de bruces con el calendario, pero esta vez no sentí miedo. Algo había cambiado, algo que hizo que me relajara de inmediato. Uno de los días había sido enmarcado con rotulador. Me acerqué y casi me mareo. Sobre la tipografía del santo del día, caligrafiado en mayúsculas con letra materna estaba escrito el siguiente lema:



...y unos delicados nudillos golpearon a la puerta.



miércoles, 27 de marzo de 2013

Los efectos de la crisis, y III

(...viene de "Los efectos de la crisis II)
Jane Badler - DIANA


      A
quel calendario de 1985 me acompañó durante un par de intensos años. Luego, al terminar mi estancia en aquella habitación, lo descolgué de la pared, lo guardé en la maleta y no he vuelto a saber de él. Si bien conservo de aquella experiencia una cierta tendencia a las mujeres lagarto, nunca he vuelto a tener calendarios de pared y aún hoy siento escalofríos cuando entro en alguna estancia y veo uno. Mi madre, sin embargo, sigue fiel a su costumbre y todos los años, a finales de Diciembre, se acerca hasta la sucursal del banco donde guarda los ahorros a por su calendario del año entrante y así gestionar ordenadamente un año más de su vida.

      Al menos así estaban las cosas hasta que a principios de este año recibo una llamada de mi madre.
—¿Que día es hoy?— suelta de sopetón
—No se, mamá. Creo que domingo.— silencio —¿Te encuentras bien?
      Tras una breve pausa, mi madre comienza a hablar visiblemente alterada
—Qué me voy a encontrar bien, si no se ni en que día vivo. Este hombre es que no respeta nada. ¿Que quiere?, eh, que nos volvamos todos locos o qué. Que digo yo que no es mucho pedir. Con lo que hemos tenido que pasar para sacaros adelante y ahora resulta que ni en el día que vivimos tenemos derecho a saber. Claro, como a él todo se lo dan hecho. Porque seguro que tiene un montón de secretarios que le recuerdan...
—Mamá
—...lo que tiene que hacer y donde tiene que ir. Y a los demás...
—Mamáaaa
—Y tú no lo defiendas, que no tienes vergüenza. En vez de preocuparte por tu madre, que no se que te habré hecho yo para que me trates así. Que siempre me estás llevando la contraria...
      Y continúa su monólogo durante dieciséis ataques de ingratitud, siete desafecciones leves y dos recaídas severas con llantina y berrinche incorporados. Así, hasta que consigo enterarme de que en su banco —por culpa de la crisis, del gobierno y sobre todo mía, que soy un mal hijo y un desconsiderado— este año no han repartido calendarios, lo que ha trastocado el día a día de mi madre hasta el punto de no saber si tiene que ir al médico o a clases de aquagim. Así que para tranquilizarla, prometo acercarme en cuanto pueda con un calendario de pared con los números bien grandes.
      Al día siguiente, en la papelería donde compro habitualmente, consigo un calendario del año en curso que pido que me envuelvan cuidadosamente para evitar el contacto visual y decido llevárselo a mi madre.
      Me recibe medio desnuda, con los pelos alborotados y un color rosado en la piel que no había advertido hasta ese momento. Intento disimular mi preocupación ante la certeza de que el caos, sin lugar a dudas, ha tomado posesión de su vida.
—Hola mamá, te traigo un calendario
—Ah, ya no me hace falta, ¿te quedas a comer?...
      Sigue hablando pero yo ya no la escucho. Al entrar en la cocina mis miedos me devuelven a una habitación de 2 x 2 y a aquel almanaque que ahora preside la cocina de mi madre.
—...Como no sabía que hacer, he estado tirando trastos viejos y he encontrado un calendario en la maleta vieja.
      Temblando, me siento en una silla a llorar en silencio el desastre que se avecina.
—Resulta que tiene apuntadas un montón de cosas que hacer...—dice ilusionada—...Ahora mismito acabo de llegar de clase de Kama-Sutra y mañana tengo hora para que me miren el introito.

      Lo peor es que debido a mi carácter contradictorio, voy a tener que hacerme monja de clausura.


La madre superiora, la hermana Benita y la hermana Inferiora

Psdta.: Quiero dejar bien claro que por mucho que coincidan las fechas, el hecho de presentar mis votos como novicia no ha tenido nada que ver con la renuncia de su Santidad el Papa Benedicto XVI.


lunes, 26 de noviembre de 2012

Que se jodan los extraterrestres

   A papá: 18-03-1929 + 08-11-2012      
 Se le acabaron las balas en el último momento


   Mi padre dejó de trabajar a los cincuenta. Los bancos y la hacienda pública le dejaron sin empresa y sin dignidad sucesivamente. Desde entonces cambió su inestable realidad por una ficción rutinaria.
Todos los días sacaba el perro a pasear, tomaba con ansia contenida un vino en el bar más humilde del barrio y volvía a casa, donde pasaba el resto de la mañana leyendo novelas del oeste. Se abstraía tanto en la lectura que la presencia del resto de la familia le pasaba inadvertida. Sólo una vez terminada la novela o al olor de unas lentejas con chorizo, levantaba la vista, te atravesaba con una mirada vidriosa y escupía:
– No debiste cruzar el umbral de esa puerta, forastero. Este salón es demasiado pequeño para los dos.
Entonces, desenfundaba el bolígrafo de su bolsillo y con un rápido movimiento de muñeca dibujaba un triangulo en la esquina superior derecha de la contraportada.
Los lectores de novelas del Oeste, como los ladrones de casas, tienen su propio código secreto. Mi padre marcaba sus novelas con un triángulo equilátero, que en el código de los "desperados" significa que la casa ya ha sido robada.



algunos pictogramas descifrados


Una vez por semana, interrumpía su rutina matinal para acercarse hasta el quiosco donde intercambiaba las novelas leídas por otras.
Algunas veces, regresaba de su paseo con una extraña sonrisa, se dirigía directamente al dormitorio y se encerraba durante horas. Yo pegaba la oreja a la puerta intentando adivinar, actitud que aprovechaba el perro para aparearse con mi pierna. Nunca llegaré a entender ese fetichismo insano que manifiestan algunos perros, pero mi cerebro infantil, asociando hechos, concluyó que afinar el oído tras puertas ajenas producía que de mi se desprendiera un irresistible perfume a perra en celo. Un chanel nº 5 canino que convertía a mi pernera en la Marilyn Monroe de los Fox Terriers. Aquello acabó con mi prometedora carrera como espía internacional y con el desconocimiento absoluto de los quehaceres de mi padre en el dormitorio. A cambio, el destino me compensó con mi primera relación estable y una cierta tendencia futura a las mujeres mascota.

Un día, mi padre llegó a casa pálido, como si hubiera visto un fantasma. Cerró la puerta a sus espaldas y se desplomó como un saco de patatas. Mamá dijo que le había dao un rictus y una ambolia, y que pasaría una temporada en el Crínico.


más pictogramas

Descubrí la verdad mientras mi padre permanecía convaleciente.
Debajo de la cama, malviviendo entre los monstruos, el perro y un orinal descascarillado, había escondida una maleta. Una antigua y triste maleta que nunca salió de viaje. Y dentro de la maleta, su colección de novelas y un cuaderno de arillas lleno de anotaciones con un sobre pegado con celo a la portada. En el sobre estaba escrito:
“A los Sres. Arqueólogos Extraterrestres”
El quiosquero confirmó mis sospechas. Un tipo se había presentado en su local reclamando los derechos de autor, por lo que había dejado el negocio de cambiar novelas. Se lamentó por mi padre, que siempre pedía las novelas más usadas, esas que ya no quería nadie. Y en señal de buena voluntad por el disgusto que se había llevado, me regaló un par de novelas nuevas, a estrenar.



y más pictogramas
Papá regresó del Hospital con un doble bypass, un respirador nocturno y un montón de pastillas y de prohibiciones. Nada de tabaco, nada de alcohol, nada de fritos, nada de chorizo con las lentejas.
Se hizo con una radio que colocó junto al sofá y nunca volvió a leer novelas del oeste.

Hace poco, en un rastrillo, encontré una colección de viejas películas del oeste por un precio razonable. Al rato, estaba entrando en casa con una caja bajo el brazo. Saludé a gritos desde el hall de la entrada y me dirigí al pequeño salón-comedor donde hacen vida mis padres. No estaban pero se habían dejado la radio encendida. Un enorme cactus saguaro ocupaba ahora el espacio del sillón de lectura de mi padre. Apagué la radio, dejé la caja con los dvds en la mesa camilla y volví por donde había entrado. Al salir, me pareció oír una voz espinosa:
–Tu cara me suena, forastero. Creo haber visto un cartel poniéndole precio.


y más pictogramas

PS. Durante todos estos años, mi padre había estado compilando y descifrando los extraños dibujos que encontraba en las novelas y apuntando sus conclusiones en un cuaderno. Tenía la certeza de que los seres humanos acabaríamos los unos con los otros y la esperanza de que, cuando en un futuro lejano, los extraterrestres llegaran a una tierra despoblada, encontrarían la maleta y que gracias a su trabajo, no se volverían locos intentando descifrar aquellos extraños pictogramas.

Evidentemente, el cuaderno me lo quedé yo. Que se jodan los extraterrestres.

no se olvide