Se te atragantan los lunes. Te entra el virus.
Ya la tarde del domingo sufres las primeras reacciones, pierdes el ser, o lo reencuentras hecho una piltrafa, tal y como lo dejaras el viernes anterior.
En su rincón, temblando de frío y pánico, así lo encuentras.
Otras veces te sorprende en el sofá y se abalanza sobre tí de golpe. Entonces te sujeta fuerte y golpéa palabras contra tus oídos, apenas susurros, para que duelan más. Y atraviesan tus tímpanos con la delicadeza de un cutter, desgarrándolo todo a su paso, sin contemplaciones, hasta llegar a los ojos para lamerlos por dentro, secándolos, impidiendo que las lágrimas encuentren el camino. Y se enrosca en tu corazón, aprisionándolo, oprimiéndolo contra los pulmones.
Falta de aire, ausencia de halito, sensación de ahogo, nauseas.
Intentas huir y recorres caminos que lleven a otros seres, pero los domingos por la tarde está esperándote, agazapado en las sombras de tu habitación, esperando su momento para invadirte, para reclamar su posesión, para entre las sabanas hacerte saber que sólo a el le perteneces y que sólo el puede liberarte.
Y el lunes siempre amaneces con el virus dentro.